El Crimen de Lord Arthur Savile

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Presento aquí el relato-joya titulado El Crimen de Lord Arthur Savile, y en pocos días añadiré la sin par novela El Retrato de Dorian Grey.

En medio de una alegre fiesta y rodeado de los personajes frivolos que tan magistralmente caracteriza el autor, Lord Arthur Savile se dejará leer la mano por un quiromántico que verá cierto trágico suceso en su destino. Aterrado y obsesionado por sus palabras, Lord Arthur irá en pos de ese destino que cree inevitable.

El autor brilla maravilloso, como siempre, pasando de la comedia a las profundidades del cerebro humano, sin perderse en excesiva retórica ni grandilocuencias.

Aquí, completo, en pdf:

El Crimen de Lord Arthur Savile

Y aquí sólo un par de páginas:

Capítulo I

Era la última recepción que daba lady Windermere, antes de comenzar la temporada primaveral. Los sa­lones de Bentinck-House se hallaban más llenos de invitados que nunca. Acudieron seis ministros, una vez ter­minada la interpelación del speaker, ostentando sus cruces y sus bandas y todas las mujeres bonitas de Lon­dres lucían sus toilettes más elegantes. Al final de la gale­ría de retratos estaba la princesa Sophia de Carlsrühe, una dama gruesa de tipo tártaro, con ojillos negros y unas esmeraldas maravillosas, chapurreando francés con voz muy aguda y riéndose sin mesura de todo cuanto decían.

Realmente veíase allí una singular mezcolanza de personas. Arrogantes esposas de pares del reino charla­ban cortésmente con virulentos radicales; predicadores populares se codeaban con inveterados escépticos, y una banda de obispos seguía la pista, de salón en salón, a una corpulenta prima donna; en la escalera agrupábanse varios miembros de la Real Academia, disfrazados de ar­tistas, y el comedor se vio por un momento abarrotado de genios. En una palabra: era una de las más deslumbran­tes reuniones de lady Windermere y la princesa se quedó hasta cerca de las once y media.

Inmediatamente después de su marcha, lady Win­dermere volvió a la galería de retratos, en la que un famo­so economista explicaba con aire solemne la teoría cientí­fica de la música a un virtuoso húngaro, espumeante de indignación, y se puso a hablar con la duquesa de Paisley. Lady Windermere estaba maravillosamente bella con su esbelto cuello marfileño, sus grandes ojos azules color miosotis y sus espesos bucles dorados. Cabellos de or pur no como esos de tono pajizo que usurpan hoy día la bella denominación del oro, sino cabellos de un oro como tejido con rayos de sol o bañados en un ámbar extraño; cabellos que encuadraban su rostro con un nimbo de san­ta y, al mismo tiempo, con la fascinación de una pecadora. Lady Windermere constituía realmente un curioso estu­dio psicológico. Desde muy joven descubrió en la vida la importante verdad de que nada se parece tanto a la inge­nuidad como el atrevimiento; y, por medio de una serie de aventuras despreocupadas, inocentes por completo en su mayoría, logró todos los privilegios de una personalidad. Había cambiado varias veces de marido. En el Debrett o Guía nobiliaria, aparecía con tres matrimonios en su ha­ber; pero nunca cambió de amante y el mundo había de­jado de chismorrear a cuenta suya desde hacía tiempo. En la actualidad contaba cuarenta años, no tenía hijos y po­seía esa pasión desordenada por el placer que constituye el secreto de la eterna juventud.

De repente, miró con curiosidad a su alrededor y preguntó con su clara voz de contralto:

-¿Dónde está mi quiromántico?

-¿Su qué…, Gladys? -exclamó la duquesa con un es­tremecimiento involuntario.

-Mi quiromántico, duquesa. No puedo vivir ya sin él.

¡Querida Gladys! ¡Usted siempre tan original -murmuró la duquesa, intentando recordar lo que era exactamente un quiromántico y confiando en que no se­ría lo mismo que un pedicuro.

-Viene a leer en mi mano dos veces por semana -prosiguió lady Windermere- y es muy interesante.

«¡Dios mío! -pensó la duquesa-. Debe de ser una especie de manicuro. ¡Es atroz! Supongo que por lo me­nos será extranjero. Así no resultará tan desagradable.”

-Tengo que presentárselo a usted -dijo lady Win­dermere.

-¡Presentármelo! -exclamó la duquesa-. ¿Quiere usted decir que está aquí?

Recogió su abanico de carey y su chal de encaje an­tiquísimo, como preparándose a huir a la primera alarma.

-Claro que está aquí; no podría ocurrírseme dar una reunión sin él. Dice que tengo una mano esencial­mente psíquica y que, si mi dedo pulgar fuera un poquito más corto, sería yo una pesimista de convicción y estaría recluida en un convento.

-¡Ah, si! -profirió la duquesa, ya tranquila-. Dice la buenaventura, ¿no es eso?

-Y la mala también -respondió lady Windermere- ­y muchas cosas por el estilo. El año próximo, por ejem­plo, correré un gran peligro, en tierra y por mar. De modo que tendré que vivir en globo. Todo eso está escrito aquí, sobre mi dedo meñique… o en la palma de mi mano, no recuerdo bien.

-Pero realmente eso es tentar al cielo, Gladys.

-Mi querida duquesa: la providencia puede resistir, seguramente, a la tentación en estos tiempos. Creo que todos debían hacerse leer las manos una vez al mes, con objeto de enterarse de lo que les está prohibido. Claro es que harían lo mismo; pero ¡resulta tan agradable saber lo que va a ocurrir! Si no tiene nadie la amabilidad de ir a buscar ahora a míster Podgers, iré yo misma.

-Permítame que me encargue de ello, lady Winder­mere -dijo un muchacho alto y distinguido que estaba presente y seguía la conversación con sonrisa divertida.

-Muchas gracias, lord Arthur; pero temo que no le reconozca usted.

-Si es tan extraordinario como usted dice, lady Windermere, no podrá escapárseme. Dígame únicamente cómo es y dentro de un momento se lo traeré.

-Bien; no tiene nada de quiromántico; quiero decir con esto que no tiene nada de misterioso, nada esotérico, ningún aspecto romántico. Es un hombrecillo grueso, con una cabeza cómicamente calva y grandes gafas de oro; un personaje entre médico y notario pueblerino. Siento que sea así, pero no tengo yo la culpa. ¡Es tan absurda la gente! Todos mis pianistas tienen aspecto de poetas y todos mis poetas, aspecto de pianistas. Recuerdo ahora que la tem­porada última invité a comer a un tremendo conspirador, hombre que había hecho volar con dinamita a infinidad de gente y que llevaba siempre una cota de mallas y un puñal escondido en la manga. Pues bien; sepan ustedes que, a pesar de todo, tenía el completo aspecto de un buen sacerdote viejecito y durante toda la noche se mostró muy chistoso; realmente, resultó muy diverti­do, encantador; pero yo me sentí cruelmente desilusio­nada y, cuando le pregunté por su cota de mallas, se contentó con reírse y me dijo que era demasiado fría para usarla en Inglaterra. ¡Ah, ya está aquí mister Pod­gers! Bueno, desearía, míster Podgers, que leyese usted en la mano de la duquesa de Paisley. Duquesa, ¿quiere usted quitarse el guante? No, el de la izquierda, no; el de la derecha.

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One Response to “El Crimen de Lord Arthur Savile”

  1. jorge fernandez 21/01/2010 at 21:09 #

    No sé si sera el mejor de Wilde, pero es una frivolita y divertida historia.

Sé buen@ y deja un comentario, anda..., porfa...