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Primer Capítulo | Ángeles Goyanes

Primer Capítulo

 

El Maestro Envenenador

  

 

Primer Capítulo

  

“…Sin embargo, estoy convencido de algo: la elección del veneno depende del efecto que se desee lograr. Algunos provocan estornudos, otros convulsiones y otros la muerte. Los venenos disponibles no deben ser confundidos por un envenenador recién iniciado. Debe aprender que la estricnina provoca endurecimiento del cuello y terror; que las bayas marrones y negras de la belladonna provocan enfurecimiento y delirio; que el acónito (que muchas veces se confunde con las raíces del rabanito) provoca hormigueos en todo el cuerpo y vómitos y que la cicuta produce la muerte total. Existen otros sobre cuyos efectos no estoy seguro debido al egoísmo de Salai, tales como la Serpentería, el Ruibarbo, el Tanaceto, la hierba de San Cristóbal, el Muérdago y los ingredientes de ciertos quesos de Mantua. De algo si estoy seguro: un buen veneno siempre debe ser administrarlo al comenzar una comida, pues actúa más rápidamente en un estómago vacío y de esta manera es beneficioso para el envenenador, ya que sólo necesitará usar una pequeña cantidad de veneno, y para el anfitrión, quien no verá interrumpida la diversión que preparó para sus invitados con la agonía de la víctima…”

“Si hay un asesinato planeado para la comida, entonces lo más decoroso es que el asesino tome asiento junto a aquel que será el objeto de su arte (y que se sitúe a la izquierda o a la derecha de esta persona dependerá del método del asesino), pues de esta forma no interrumpirá tanto la conversación si la realización de este hecho se limita a una zona pequeña. En verdad, la fama de Ambroglio Descarte, el principal asesino de mi señor Cesare Borgia, se debe en gran medida a su habilidad para realizar su tarea sin que lo advierta ninguno de los comensales y, menos aún, que sean importunados por sus acciones…
…Después de que el cadáver (y las manchas de sangre, de haberlas) haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia en ocasiones puede perturbar las digestiones de las personas que se encuentren sentadas a su lado, y en este punto un buen anfitrión tendrá siempre un nuevo invitado, quien habrá esperado fuera, dispuesto a sentarse a la mesa en ese momento.”
Leonardo Da Vinci

 

–1–

Era la mañana de un tranquilo domingo y en el cielo florentino brillaba un sol intenso de final de verano que animó a los mellizos Bardi a desviarse del camino más corto hasta la taberna donde trabajaba su padre para emprender un agradable paseo hacia la Plaza del palacio de la Signoria. Albiera esperaba encontrar en el mercadillo que allí se instalaba cada festivo algún regalo con que obsequiar a su amiga Andrea en su cumpleaños.
Concurrida y alegre, como habían esperado los dos hermanos, la plaza era un digno muestrario del inmenso taller de artesanía que animaba la ciudad entera. Decenas de puestos pertenecientes a maestros curtidores, tejedores de lana, joyeros, herreros, carpinteros, artesanos del cristal y la cerámica, fabricantes de velas, vendedores de espadas, importadores de especias y alimentos exóticos se mezclaban exhibiendo variopintas mercancías: cinturones de piel, sombreros para toda ocasión, delicados encajes, mantas y sencillas prendas de lana, preciadas telas de seda, tafetán, lampazo, raso, damasco y terciopelo de mil colores, velas, joyas de plata, útiles de hierro, jarrones y copas de fino cristal, zapatillas para casa, borceguíes lujosos, mobiliario de segunda mano, pájaros enjaulados…
Del centro de la plaza llegaba la melodía de unos músicos callejeros, y, diseminados aquí y allá, especialmente apoyados contra los muros que conformaban la plaza, decenas de jóvenes artistas acudidos a Florencia en busca de conocimiento, asombro e inspiración ofrecían sus obras, pinturas, tallas, cerámica y escultura, intentando ganar el dinero suficiente para prolongar su estancia, manteniéndose por sí mismos mientras duraban sus estudios o emprendían los difíciles comienzos de su carrera.
A Ghezzo, el hermano de Albiera, era la exposición que estos jóvenes hacían de su arte lo que más le atraía de la plaza.
–¿Qué tienes pensado comprarle a Andrea, Albiera? –preguntó a su melliza mientras caminaban lentamente examinando los puestos.
–No lo sé –contestó ella, volviendo la mirada hacia la izquierda atraída por el aroma de un carro repleto de quesos–. Tal vez unos pendientes.
–Entonces vamos hacia el final de la plaza. Es donde suelen ponerse los vendedores de plata.
Ghezzo tomó a su hermana por el brazo, empujándola suavemente hacia delante. ¡Era tan lenta siempre que tenía que hacer alguna compra! ¡Se demoraba tanto en cada puesto! Y él necesitaba algo de tiempo para acercarse hasta los artistas. Había en esto algo más que admiración por el arte. Se trataba de un ansia de comparación de su propio talento creador con el de aquellos estudiantes, quienes, a la ventaja de su aprendizaje con los mejores maestros, unían la de su edad, a menudo bastantes años mayor que la del quinceañero Ghezzo. Y esta comparación desembocaba siempre, infaliblemente, en vanidad y orgullo ante su superior genio. Así pues, condujo a Albiera con firmeza hacia la zona donde solían instalarse los vendedores de joyas, situándola frente al puesto más grande de todos con la esperanza de que escogiese rápido el regalo para su amiga. Pero Albiera, y bien lo sabía él aunque intentase evitarlo, no decidiría su compra hasta que hubiese visto, analizado y comparado cada joya de cada puesto. A Ghezzo, quien solía escoger lo primero que cubriese básicamente su necesidad, aquella pérdida de tiempo le parecía desesperante. Aburrido junto a ella, se irguió cuanto pudo intentando otear en busca de entretenimientos más interesantes. Cuando Albiera acabase no le quedaría mucho tiempo, ¿hacia qué zona le convendría dirigirse? La música de un laúd captó su atención. Venía de no muy lejos. Con dificultad, alzándose por encima de decenas de cabezas, alcanzó a ver al músico. Era un joven rubio, bien vestido y con muy buen aspecto. A su lado había levantado una gran tabla que le servía para exponer lo que pese a la distancia parecían ser pequeñas pinturas y dibujos. ¿Serán suyos?, se preguntó Ghezzo. ¿Pintor además de músico?
Apenas unos minutos después de llegados al puesto del joyero, viendo cómo su hermana depositaba sobre la palma de su mano una a una cada joya, acercándola a sus ojos para someterla a un mejor examen y sustituyéndola después por la siguiente, la impaciencia se apoderó de Ghezzo, muerto de ansiedad por acercarse a aquel músico. “Podría dejarla aquí mirando y acercarme yo solo –se dijo–. Tiene por lo menos para quince minutos más. Media hora, si no la meto prisa”. Sin embargo, el instinto protector hacia su hermana le frenaba. Albiera, hermosa y elegante, lucía aquel domingo sus pendientes de oro y su mejor atavío de brocado y encajes. Una red adornada con perlas que enmarcaban su rostro ovalado le servía de cofia bajo la cual nacía una cascada de ondas cobrizas, que, pulcramente ordenada, recorría la erguida espalda, aumentando la esbeltez de su porte. Las perlas destacaban sobre la piel morena, acrecentando el brillo de sus grandes ojos rasgados de difuso color verde y ámbar, que se adornaban con el arco perfecto de unas cejas largas, finas y oscuras. Su boca, aunque de labios bien trazados que contribuían a iluminarla con su sonrisa, era grande en exceso; no era su nariz de una rectitud perfecta, ni a su piel pubescente se le hacían innecesarios polvos y afeites, pero la belleza de sus ojos felinos y exóticos, inocentes y alegres hipnotizaba de tal manera que nadie hubiera podido describir el resto de su figura sino a base de elogios. A Ghezzo no se le escapaban las miradas de admiración y deseo que recibía su hermana, y, aunque sentía orgullo de su belleza, tal descaro suscitaba en él violentas emociones y a todo hombre creía acechante y presto a raptarla en un descuido suyo.
Junto a ellos pasó un vendedor con un carrito promocionando su mercancía.
–¡Tintes! ¡Tintes para poner rubio el pelo y para ocultar las canas!
Ghezzo trató de aprovechar la oportunidad.
–¿Por qué no le compras alguno de esos mejunjes para el pelo? –preguntó a su hermana, sin poder evitar una inflexión suplicante–. Y otro para ti, de paso. Os vendría bien. Pronto el sol no será tan fuerte como para aclarároslo.
Albiera giró fugazmente la cabeza hacia el carrito sin demasiado interés, para volverla enseguida hacia la joya que en aquel momento examinaba. Pero el vendedor, que había comprendido la escena aunque no alcanzara a oír las palabras, se detuvo junto a los dos hermanos.
–Señorita, ¿no quiere que todas sus amigas la envidien? –intentó inducirla el vendedor–. Con este producto conseguirá el color más de moda, un rubio más claro que el de ninguna de ellas. –Y, mirando a Ghezzo, añadió–: Y conseguirá aumentar la admiración de su esposo.
–Pero ¿qué se cree? –exclamó Albiera–. Somos hermanos. Sólo tengo quince años.
–Mi hija Isabella se casó nada más cumplir los dieciséis años, y a Catalina ya la tengo prometida y sólo tiene catorce. Pero si aún no tiene esposo, más razón para estar guapa y conseguir uno pronto. También tengo polvos y carmín.
–¡No quiero sus asquerosos potingues ni busco novio! Haga el favor de dejarnos en paz.
Albiera se volvió airada hacia el joyero y, extendiéndole los pendientes que tenía en la mano, controlando el tono de voz, le dijo:
–Me llevaré estos. ¿Puede ponerlos en una caja bonita? Son para un regalo.
El vendedor de afeites se quedó allí, mirándola durante unos segundos, decidiendo si insistir o soltarle un vituperio, y después echó a andar con su carro mientras en voz audible decía:
–Con ese genio morirás soltera.
En cuanto el joyero le entregó su pequeño paquete, Albiera, indignada, guardando las vueltas del dinero en su bolsito de terciopelo, se volvió a su hermano.
– Vamonos de aquí. No aguanto este gentío.
–Ni hablar –le contestó él–. Primero vamos a ver a los pintores.
–Pero si ya no hay tiempo. Padre dijo que esta vez llegáramos puntuales. Si tardamos la taberna se llenará de clientes y tendremos que comer otra vez en la cocina. ¡Y yo no me he vestido así para comer rodeada de ruidos y malos olores!
–Sólo unos minutos, Albiera. Yo me he aguantado mientras tú escogías con toda calma tu regalito. Vamos.
La cogió de la mano y, guiándose más por el oído que por la vista, la llevó hasta el joven músico. Como a su alrededor se había formado un corro bastante grande, los mellizos se abrieron paso entre la gente para poder situarse en primera fila. Sorprendió a los dos hermanos la apariencia del joven músico, tanto por la hermosura y gracia de su porte como por la elegancia con que se adornaba, pese a no ser sus ropas de telas nobles. Tenía un cabello envidiable, de un rubio brillante, rizado y largo por debajo de los hombros, nariz algo prominente, boca grande con labios de cierto grosor y pómulos marcados. Mientras tocaba, observaba a la concurrencia que le escuchaba con sus ojos inquietos y curiosos, como si sus manos ejecutasen solas la melodía independientes de su cerebro. Tocaba en el laúd una variación de una pieza popular cuyo nombre Ghezzo no conocía pero que había escuchado algunas veces. “Toca muy bien. Pero ya va a acabar. Menos mal”, se dijo, puesto que todo su afán era revisar más de cerca los dibujos y pinturas que el músico exponía. En efecto, apenas unos segundos después el joven agradecía los donativos de su público mientras le instaba a acercarse a sus obras. “Así que encima son suyas. Pero veremos si valen algo”, pensó Ghezzo aguijoneado por la envidia, pues a él se le había negado el talento para la música. Se acercó sin dilación a las pequeñas obras, y absorto, por completo ausentado de la plaza, del calor y los ruidos e incluso de la presencia del propio autor, Ghezzo se sumergió en su contemplación.
Oleadas de emociones contrarias se apoderaron de él ahogándole hasta el mareo: de una parte, su sensible espíritu se sentía en plenitud de gozo ante la apreciación del arte en su pureza, de otra, el intenso, insufrible dolor del orgullo herido lo arrastraba hacia la contemplación de la cara más oscura de las pasiones humanas.
De repente, una mano sobre su hombro le sacó de su ensueño. El artista le estaba repitiendo algo que al parecer Ghezzo no había escuchado.
–…Florencia a vista de pájaro y estos son de los bonitos campos circundantes. Estas madonnas con el niño las vendo por sólo dos sueldos. También acepto encargos para retratos. A las señoritas tan bellas como usted –señaló dirigiéndose a Albiera y con una pequeña reverencia –, las cobro la mitad.
Albiera sonrió, bajando los ojos, ruborizada.
El artista se volvió de nuevo a Ghezzo y se miraron ambos fijamente a los ojos.
–Mi hermana no necesita pagar por que la retraten. Yo le he hecho retratos que tú no podrías superar.
A Ghezzo se le habían escapado esas hostiles palabras que no era la primera vez que pronunciaba. Pero no estaba tan convencido de ellas como en otras ocasiones.
El pintor, sorprendido durante unos segundos, se echó a reír después.
–Bien –dijo, tenía una expresión bromista, de persona de buen humor–. Entonces será mejor que no te dé por vender tus obras en la plaza o me quedaré sin ingresos.
Ghezzo volvió a observar los dibujos intentando grabar en su mente ciertos recursos que él no había empleado nunca. ¿Cómo habría logrado aquella perspectiva tan perfecta? ¡Y esos juegos de luces y sombras con sólo unos trazos de lápiz! ¡Y el dominio del color y de las sombras para crear volúmenes! ¡Qué factura tan increíblemente rápida y segura! Ceccolini, el maestro de Ghezzo, jamás podría enseñarle semejantes trucos ni ayudarle a alcanzar tal perfección. ¿Cómo iba a hacerlo si su alumno le había superado a los pocos meses de entrar bajo su tutela? ¡Si su padre se hubiese tomado más en serio su deseo de aprender pintura, enviándole a un buen maestro, en lugar de a aquel inútil Ceccolini sólo porque resultaba barato y estaba cerca de casa!
–¿Quién es tu maestro? –le preguntó al artista–. Supongo que acudes a algún taller, ¿no?
–Así es. Casi desde que llegué a Florencia, en 1469, así que hace ya más de dos años que estudio en el taller del maestro Verrocchio. Quizá te suene su nombre, pese a que intuyo que sus enseñanzas te sobran.
¡Dios! ¡Dios Santo, qué suerte la suya! ¡Y qué injusticia que chicos de menor talento que el de Ghezzo tuviesen la oportunidad de estudiar con el mejor maestro mientras él jamás podría progresar a causa de la inutilidad del suyo! Todo el mundo en Italia sabía que del taller de Verrocchio sólo salían grandes pintores. Y que en él sólo podían entrar los mayores talentos. Pero costaba un dinero que su padre no podía pagar. Y, además, su padre aún parecía ofuscado en la idea de que su amor por la pintura era en el fondo un capricho pasajero o, en cualquier caso, algo diferente a una profesión seria, una especie de entretenimiento o afición de la que no se podía vivir. Le había concedido el deseo, ante su pesada insistencia, de buscarle un taller donde aprender hasta que se le pasase el antojo, pero no había dejado de pensar que mejor haría su hijo buscándose un oficio serio y más seguro con el que ganarse la vida.
Ghezzo suspiró ante su suerte.
¿A qué edad habría entrado en el taller aquel joven? Ghezzo pensó que siendo mayor que él, porque le pareció que aparentaba unos veinte años. Si lograse entrar en el taller de aquel grandísimo maestro, él llegaría a alcanzar su misma madurez de estilo con sólo dieciocho años; incluso antes. A los treinta años podría haberse convertido en el pintor más afamado de Italia. Y con el tiempo podría llegar a considerársele el mejor de todos los tiempos…
–¿Qué hay que hacer para entrar en el taller de Verrocchio? ¿Cuánto cuesta?
Un segundo después de la sorpresa, el joven pintor contestó divertido:
–¿Cuánto cuesta? ¿Como si hablásemos de una ración de polenta? ¿Crees que puede cobrársele lo mismo a un genio que prestigia a su maestro que a un asno que se come el tiempo que debería emplearse en quienes tienen talento?
–No… –contestó Ghezzo confundido–. Claro… Pero así suele hacerse.
Uno frente al otro, mirándose a los ojos fijamente, permanecieron en silencio uno segundos, envueltos en cavilaciones. En el cerebro de Ghezzo la envidia se disolvía ante la personalidad de su imaginario rival, dejando paso a una súbita atracción. “No parece fatuo en absoluto –se dijo–. Encima es guapo, simpático, divertido…” En nada se parecía a sus compañeros del taller del maestro Ceccolini, torpes y toscos, que sólo llegarían a servir para encalar paredes. Por el contrario, aquel artista emanaba una sensibilidad en la que él podía reconocerse. Era como una imagen de sí mismo, pero una imagen mejorada. Entretanto, el pintor estudiaba al muchacho sin disimulo, con su profunda mirada inquisitiva. Ghezzo comprendió que, con sus ojos de artista que investiga y clasifica cada tipo humano, estaba sometiendo a examen su fisonomía, y con esta su personalidad, y se alegró de haberse dejado convencer por Albiera para arreglarse mejor de lo que solía. Se había lavado todo él, incluyendo el cabello, por la mañana, y sabía que en aquel momento el sol arrancaba a sus rizos irisaciones doradas y cobrizas que habían provocado en el pintor un fugaz cúmulo de gestos de agrado, tan sutiles y mínimamente perceptibles que únicamente a un artista gemelo se le harían visibles. Al igual que su hermana, Ghezzo presumía de hermosos ojos rasgados, de un color castaño verdoso en su caso, orlados de largas pestañas rizosas, y cejas tupidas de línea más bien fina. El otro rasgo que sobresalía en su rostro eran sus sensuales labios.
–Pues no es un proceder justo, ¿no crees? –le preguntó de pronto el pintor.
Absorto como había estado en la mente del otro y preocupado por el efecto que estaría causándole, Ghezzo tardó unos segundos en saber a qué se refería.
–En cualquier caso –le contestó en tono humilde–, nadie tiene alumnos de balde. El maestro Verrocchio tendrá una tarifa mínima fijada, y probablemente sea mucho mayor que la de cualquier otro. Yo sé que pasaría su prueba del talento, sea cual sea la que emplee para seleccionar a sus alumnos, pero no creo que pueda pagar sus honorarios, por pequeños que sean.
El grupo de admiradores del músico se había disuelto casi por completo, pero cuatro o cinco de aquellas personas se interesaron también por sus obras. Uno de ellos, un hombre distinguido de unos cuarenta y cinco años, quiso comprarle dos pequeñas madonnas sobre lienzo.
–Enhorabuena –felicitó al joven artista–. Es usted un pintor extraordinario. No abandone su práctica. Estoy seguro de que triunfará.
–Le agradezco profundamente sus palabras de ánimo, caballero. Son el alimento de quien práctica las artes, ya que tan poca recompensa económica ofrecen.
El pintor descolgó con cuidado uno de los lienzos, lo enrolló y lo ató con una cinta blanca que parecía de seda. Después repitió la operación con el segundo lienzo vendido.
Antes de irse, el caballero aseguró al artista que volvería al siguiente domingo, si nada se lo impedía, para comprarle alguna otra obra. Se le advertía un disfrute desinteresado en su pequeño mecenazgo.
–¿Cuánto cuesta esta madonna? –preguntó una señora, animándose a la compra al ver que el caballero de aspecto entendido se llevaba dos.
–Dos sueldos nada más, señora. ¿Cuál prefiere? Ésta la titulo La Virgen del Lago y ésta otra La Virgen Lavandera –explicó el joven.
En la primera imagen la Virgen aparecía sentada junto a un lago y en su regazo estaba el niño, al que secaba con una toalla después de haberle bañado. La segunda era una imagen un tanto prosaica que agradó menos a la señora: la Virgen tendía la ropa mientras el niño, sentado en el suelo, jugaba cerca de ella con algo similar a una pelota fabricada con trapos.
–Me llevaré La Virgen del Lago –indicó la señora, sonriendo de satisfacción al imaginarla colgada frente a su cama. Su dormitorio semejaría el de una duquesa.
–¿Qué le parecería llevarse también este paisaje? –le preguntó el pintor, señalando uno de los cuatro que le quedaban–. Fíjese que en él aparece el mismo lago visto desde un ángulo muy similar. Si los pone juntos, con un bonito marco, harán un gran efecto.
La señora dudó.
–No sé… –vaciló, arrugando los labios en un mohín de desagrado–. No me gustan los dibujos. No tienen color. No son alegres.
–Imagínese los dos cuadros con una marco dorado, a juego con el manto que la Virgen viste en el lienzo –la persuadió el vendedor, descolgando la madonna y el dibujo–. Será un contraste maravilloso –dijo, volviéndose hacia ella mientras enrollaba el lienzo y cubría el dibujo con una tela–. No se preocupe: le haré un precio especial.
Aunque no del todo convencida, la señora pagó lo que se le pedía y se fue con sus obras bajo el brazo.
El joven artista la despidió muy agradecido y se volvió hacia la tabla de madera que le servía de expositor, para comenzar a descolgar las obras que le habían quedado por vender: el lienzo de La Virgen Lavandera y tres dibujos de paisajes.
Ghezzo y Albiera continuaban allí. A las razones que Ghezzo había encontrado antes para admirarle se unía ahora la de su desparpajo como comerciante.
–Si de verdad tienes un talento tan excepcional –le dijo el artista mientras recogía–, un gran maestro nunca te dará la espalda porque no tengas dinero. Mañana a las diez en punto te esperaré a la puerta del taller de Verrocchio. Ve allí llevando esos retratos de tu hermana y todas las obras que juzgues que puedan beneficiarte. Pero no te hagas ilusiones, sólo si eres excepcional, absolutamente excepcional, le pediré al maestro que considere admitirte aunque no puedas pagarle.
A Ghezzo se le había puesto un bulto doloroso en la garganta. La sangre le inflamaba el cuello y la cara y era incapaz de hablar. El pintor no le miraba, seguía desmontando su tinglado. Y a Ghezzo, henchido de emoción, no le brotaba un sonido.
–¡Ghezzo, qué oportunidad para ti! –exclamó Albiera feliz, cogiéndole las manos–. Muchas gracias. Os impresionarán sus dibujos, ya lo veréis. Estoy segura de que vuestro maestro le aceptará sin dudarlo cuando los vea.
–¿Sabéis dónde está el taller? –inquirió el pintor, montando su laúd, obras y bártulos sobre un carrito.
–Sí, claro que sí –logró responder el chico, que mil veces había envidiado a todos los que veía traspasar la puerta–. En la Via dell´Agnolo.
–Eso es –corroboró el pintor, colocando el carrito en posición para poder arrastrarlo–. Recuerda, a las diez en punto te veré en la puerta. Y no te garantizo que llegues a cruzarla.
–Gracias. ¡Muchísimas gracias!
El pintor emprendió la marcha con su carrito y los dos hermanos prorrumpieron en risas abrazándose llenos de alegría.
–¡Ghezzo! ¡Qué chico tan encantador! ¡Lo vas a conseguir, no me cabe duda! ¡Es maravilloso!
–No puedo creerlo, Albiera. ¡No puedo creerlo! Pero… ¡Espera! –gritó Ghezzo de pronto al joven que se alejaba–. ¡No sabemos cómo te llamas!
Sin dejar de andar, el pintor volvió el torso ligeramente y gritó:
–¡Me llamo Leonardo!