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Herencia maldita – Primer capítulo | Ángeles Goyanes

Herencia maldita – Primer capítulo

La segunda verdad es que el dolor no proviene más que del deseo.  El hombre se aferra perdidamente a las sombras.  Se entusiasma con sueños, se sitúa en medio de un falso yo, y establece a su alrededor un mundo imaginario.  Cuando su alma le abandone, partirá con el ardiente deseo de beber otra vez.

 

Buda.

~ 1 ~

 

 

 

Era un atardecer corriente en la ciudad de Londres. Quince grados en el exterior y una cortina de humedad y lluvia que apenas permitía vislumbrar el edificio de enfrente.

Fija en la nada, la mirada de James Lorton atravesaba los oscuros ventanales de su despacho, por los cuales gruesos goterones trazaban surcos sobre el vaho. A su espalda, una máquina de escribir yacía adormecida sobre una gran mesa de madera noble. Lo acompañaban docenas de folios repletos de apuntes tomados con letra presurosa, caracteres ahilados, a medio camino de la taquigrafía, sólo interpretables por su creador. Sobre esta mesa y sobre otra más pequeña con la que formaba ángulo, doctos volúmenes aguardaban pacientes dispuestos a impartir la sabiduría de hombres santos que en ellos se perpetuaba. Cientos de libros de espiritualidad, religiones, economía, leyes y variopintas materias se organizaban sobre las estanterías que recorrían la habitación, salpicadas de pequeñas esculturas de dioses e iluminados orientales.

Sir James suspiró con su mirada perdida entre las gotas de lluvia que caían silenciosas. Se ahogaba en su interior, víctima de un aburrimiento existencial que ninguna frase sabia podía curar. Al fin y al cabo, las conocía de memoria todas, y, a fuerza de meditar sobre ellas, habían perdido su magia y su poder.

Hacía mucho, mucho tiempo que no sentía orgullo de sí mismo. No ejecutaba un solo acto en su vida que pudiese reportárselo. Se había convertido en una simple pieza más del engranaje económico mundial y su única misión era la multiplicación del capital. A eso dedicaba ahora su existencia. Sólo a eso. Hora tras hora. Día tras día. ¿De qué podía sentir orgullo?

En el cristal oscuro se reflejaba su imagen. La delgada silueta, la faz de mejillas y cuencas algo hundidas, la barbilla afilada y el perfil algo prominente. Se diría por su descripción que no era nada hermoso, sin embargo, su atractivo radicaba en sus bellos ojos y su expresión segura y resuelta, y con estos atributos le bastaba para ser considerado uno de los hombres más atrayentes que cualquiera hubiese conocido. Sus cuarenta y cinco años le habían obsequiado las evidencias de miles de sonrisas y veladas felices, de una juventud crápula quemada por el sol y rehidratada con vino, pero todo esto no hacía sino atraer una atención fascinada por esos ojos grises, rasgados y vivaces. Una de sus desiguales y anchas cejas, partida en el extremo, delataba una pelea habida en los años en que aún se sentía libre, cuando su vida era aventura y no un devenir de idénticas rutinas. Tan aburrida como para que pronunciar una conferencia ante un público universitario resultase un pasatiempo aceptable. Desplazarse a Aberdeen, conocer nueva gente… Supondría un cambio. Pasajero e insignificante.

La comisura de sus labios se ladeó en una mueca. Ni valía la pena tomarse la molestia de escribir algo nuevo. ¿Por qué se le había antojado impropio volver a utilizar la misma conferencia que había pronunciado en la Sorbona? Se giró, abandonando la visión del desapacible exterior hacia la calidez de su despacho. Observó con desagrado los libros y apuntes desparramados sobre las mesas. Un follón de papeles que ahora tendría que recoger. Rezongó. Definitivamente, reciclaría la de la Sorbona.

Pero se le escapó un suspiro.

–Para una cosa que no hago por dinero…

El timbre del teléfono vino a romper el inicio de unas reflexiones que no contribuirían a elevar su ánimo. Era una llamada interior, de su secretaria. Miró su reloj de muñeca y vio que eran más de las cinco. Sin duda, Martha le llamaba para recordarle su cita.

–¿Sí, Martha? –contestó.

Su voz era muy grave, segura y confiada. Producía una impresión chocante la primera vez que se la oía salir de tan delgada figura, pero en seguida se hacía familiar e inolvidable, y uno se daba cuenta de que un hombre como él no podía tener otra clase de voz. Era, al igual que su rostro, sumamente expresiva, y sabía modularla y afinarla bien como resultado de sus escarceos juveniles en un grupo teatral universitario.

–Sir James, son las 17,15. Recuerde que se citó en el restaurante con Mr. Waller a las 18,30.

–Sí, no me olvido. Gracias, Martha.

¿Cómo olvidarlo? A Robert Waller no se le olvidaba fácilmente. Mantenía relaciones comerciales con él desde hacía años, si bien en los últimos tiempos había evitado su contacto y se relacionaba con él sólo a través de terceros interpuestos. No obstante, Waller se había negado esta vez a hablar con otro que no fuese él mismo, y, haciéndole llegar intrigantes mensajes acerca de un negocio extraordinario, había logrado convencerle para cenar juntos, y a solas, aquella noche.

Lorton rezongó una vez más. Para culminar el día le tocaba soportar a aquel mal encarado y excéntrico de Waller. ¿Por qué habría aceptado?

Procuró ver los lados positivos: Era el hombre de negocios más inteligente y astuto que había conocido nunca y sus relaciones comerciales con él habían dado siempre frutos fabulosos; por otro lado, estaba la pasión de Waller por el budismo, el nexo común que en el pasado casi había logrado establecer un cierto vínculo entre ellos.

En un tiempo, el interés de Waller por su persona incluso le había resultado halagador. El hombre claramente le admiraba como el gran experto en espiritualidad oriental que el mundo le había reconocido ser, pero también por su cultura y modales.

Sir James Lorton descendía de una antigua  familia británica lejanamente emparentada con la Corona y dueña de numerosas propiedades en Gran Bretaña. En ella había médicos notables, prestigiosos abogados y también militares. Su padre había ejercido como embajador en Nueva Delhi durante nueve años y el joven James había crecido y recibido educación allí entre los seis y los quince años. La India le había fascinado en cada uno de sus aspectos, fue un verdadero hogar y, con cariño, se había empapado de su cultura y conocimientos. Leyó a temprana edad los Pantchatantra, o cinco libros, la colección más famosa de la literatura clásica india, el Bhagavad Gita, libro sagrado del hinduismo, las Jatacas o libro de los nacimientos que narran más de quinientas historias sobre las existencias de Buda, los relatos  contenidos en los dos grandes poemas épicos, el Mahabarata y el Ramayana, y las vidas de los maestros de la religión sij. Comprendió lo que significaba para el pueblo un karmayogui o guía espiritual.

Todos estos conocimientos no se perdieron a su regreso a Londres, por el contrario, se acrecentaron con el estudio de la mística hindú y sus principios, en especial el llamado satyagraha o búsqueda de la verdad como camino de rectitud, y se fortalecieron a través de decenas de retornos a la amada India.

Pero Lorton no sentía su espíritu lo bastante elevado en aquellos días como para saber aplicar en su beneficio las santas enseñanzas. De haberse sentido libre, libre incluso de sí mismo, se hallaría meditando en una cumbre arrollado en una manta como toda posesión. Pero alguien incapaz de imaginarse a sí mismo desprendido de su riqueza ¿qué rito no practicará de forma hipócrita? ¿Para qué intentar siquiera consolarse con preceptos que se sabe no se podrán cumplir? Se había apartado mucho de toda religión, era cierto, y aunque quisiera disculparse fingiéndose víctima de sus circunstancias, heredero forzoso y temprano de un imperio, se reconocía pelele de la inercia y la apatía.

Descendió al garaje mientras hacía estas deprimentes consideraciones, pero la crisis estaba olvidada antes de introducirse en su espléndido Mercedes azul metalizado. Una cañería, cerca de su plaza, había estado a punto de reventar, y el polvo de la obra, mezclado con las gotas de lluvia que empezaba a arreciar a su llegada, había embarrado la carrocería. Al salir del garaje las gotas de lluvia cayeron con furia sobre ella y sobre los cristales y hubo de poner al máximo la velocidad del limpiaparabrisas. En seguida se vio inmerso en el consabido atasco, y sus pensamientos se volvieron al intrigante negocio que le sería propuesto. Esperaba que tanto secretismo estuviese bien justificado. Waller nunca había decepcionado a nadie en lo que a negocios se refería. Apretó el botoncillo sobre el volante y el vehículo se inundó con una suave melodía de Mozart. ¿Qué cenaría? ¿Lenguado Menière? ¿Solomillo Wellington? Quizá ensalada de langosta…

Llegó incluso con algo de antelación. El guardacoches le saludó efusivamente; su visita le aseguraba como mínimo veinte libras de propina. Atravesó la entrada al restaurante y enseguida una corte acudió a recibirle. Dirigió la vista a su mesa habitual, mientras se desprendía de su gabardina y paraguas para entregarlos en custodia al guardarropa, y vio que Waller ya estaba allí, observándole y mostrando en su expresión adusta los signos de la impaciencia.

La visión del amargado rostro produjo en Sir James el efecto habitual: una fuerte repulsión que le hacía insufrible la idea de compartir con él la mesa, pero que su espíritu de ambicioso hombre de negocios iba a ser capaz de contrarrestar en suficiente medida.

Waller se levantó en cuanto se aproximó a la mesa y le ofreció su mano, clavándole su oscura y ansiosa mirada.

–Temía que algo le impidiese venir, Sir James –dijo, con una indisimulada mezcla de alivio y excitación.

Su rostro se había iluminado, haciéndole parecer casi agradable, pero algo extraño impactó a Sir James al fijar en él su mirada.  Algo que la oscuridad, por el momento, le impidió concretar.

–Pocas cosas podrían haberme obligado a postergar una cuarta vez la ocasión de volver a verle, Mr.  Waller –le respondió, con la afectada y distante educación a la que, ante sus ojos, sabía que su título le obligaba. Waller a veces le parecía llegado de una época pasada. A su lado no podía ser él mismo; debía situarse al nivel de sus ilustres antepasados. Pero lo peor de estar con él, era soportar su retórica anticuada.

Robert Waller le observó fijamente con aquella acerada mirada y adusto gesto que ninguna buena voluntad por su parte hubiera podido borrar.  Sir James le escrutó de reojo mientras tomaba asiento, en tanto su visión se acostumbraba lentamente a la penumbra del local.

–Le encuentro en un magnífico estado de salud –comentó Mr.  Waller–.  Ese color en su rostro, la vitalidad con que se ha desprendido de la gabardina y caminado hacia aquí… –Torció la boca, desfigurando su gesto amargo pero sin lograr convertirlo en la sonrisa que imaginaba en su mente, y añadió–: ¡Cómo le envidio, amigo mío!

Pese a que hacía ya más de diez años que se conocían, aquella era la primera vez que Waller le sorprendía con semejante preámbulo a sus conversaciones, de ordinario puramente comerciales. Siempre se había distinguido, además de por su inconveniente manera de ir al grano del asunto no bien le tenía delante, por su manifiesto desinterés ante las convenciones sociales, y Sir James sabía que su salud le era tan indiferente como la del camarero que en aquel momento se acercaba a tomarles nota. Y mientras éste se ocupaba de anotar la comanda de Waller, superada la sorpresa inicial Sir James le observó con detenimiento en busca de algún comentario agradable que hacer sobre su persona.  Se percató entonces, sorprendido, de lo que había llamado su atención nada más verlo, y esto era que mostraba visiblemente los signos de un envejecimiento exagerado y prematuro.  Había perdido gran cantidad de cabello, y el que todavía le quedaba era débil y canoso, pese a que la última vez que le había visto, poco menos de un año antes, se conservaba aún negro y espeso.  Multitud de profundas arrugas surcaban en todas direcciones su rostro pálido y enjuto, como si se hubiese visto expuesto durante días y días al desecante sol del desierto.

Al encontrarse sus ojos con los de Waller, Sir James se percató de que su expresión debía translucir la estupefacción que sentía, y su vista huyó de la oscura mirada, yendo a caer sobre las huesudas manos.  Escapó de nuevo de aquella inquietante visión y volvió a mirarle a los ojos.  Había en ellos un brillo perturbador, cierta ironía perversa y una inquebrantable resolución.  Los delgados labios mostraban su sinuosa línea claramente alterada en la peculiar y desagradable sonrisa característica en él.  Lorton se sentía sumamente incómodo.

–¿Qué tomará usted, Sir James?

Éste apenas había sido consciente de que Waller encargaba la comanda mientras él le estudiaba.

–Tráigame un consomé de verduras y…, ¿cuál era ese pescado que nos recomendaba? –preguntó al camarero, no sin cierto nerviosismo.

–Cocochas de merluza, Sir James.  Hoy son excelentes.

–Está bien, cocochas de merluza entonces.

–¿Me permite escoger el vino, Sir James? –preguntó Waller.

–Por supuesto, Mr. Waller.

Como poseedor de viñedos y una gran bodega en California, Waller era un gran entendido y amante del vino a quien valía la pena confiar tal pedido.

Mientras Waller repasaba la carta de vinos, Sir James se esforzaba por todos los medios en evitar volver a posar la vista en cualquier zona de la decrépita anatomía. Era cierto que Waller no era la persona que más estimaba en el mundo, pero viéndole en aquel estado no era posible quedarse indiferente. Sentía tanta lástima como repugnancia. Tan pronto el camarero se alejó, buscó desesperadamente algo que decir, pero no se le ocurrió nada sino:

–Y bien, Mr. Waller, ¿cuál es el negocio que nos ha reunido esta vez?

Durante un instante, Waller juntó las manos bajo su barbilla y sonrió de un modo que Lorton encontró desesperante, pero en seguida las posó, entrelazadas, al borde de la mesa e, inexpresivamente, respondió:

–Me quedan seis meses de vida, Sir James.

Éste le clavó ahora una mirada atónita, sutilmente conmovida. Waller era la única persona que conocía capaz de dar la noticia con aquella seca y distante frialdad y sin preocuparse por la reacción que en el otro ser humano produciría. A cualquier otro, Lorton hubiera tratado de ofrecerle una inmediata y cálida reacción, pero con Waller no eran necesarias falsas convenciones: Sir James simplemente estaba sin palabras y no lo disimuló. Detestaba la decadencia y la muerte. Desencadenaban en él una insufrible impotencia, al punto de haberse sentido incapaz de tolerar la visión de la vejez en las personas que amaba. Una sensibilidad extraordinaria se ocultaba bajo su fachada de hombre duro. Una combinación que había encontrado útil en sus relaciones cuando por azar la dejaba aflorar.

El magnate decidió poner fin al dramático silencio y continuó hablando.

–Por supuesto, no tema, no viene al caso molestarle con la causa de mi muerte, poco frecuente, por otra parte, y cuya explicación, por tanto, nos ocuparía un tiempo precioso que debemos emplear de mejor manera.  De forma que permítame le aclare directamente el motivo de que le haya solicitado esta entrevista.

»Yo, Sir James, nunca he sido una persona sociable, ni tan siquiera agradable.  De hecho, no tengo, ni jamás he tenido, un solo amigo.  Ni falta que me han hecho.  Hasta ahora.  Porque, llegado este momento, el más importante de mi vida, el momento de mi muerte, necesito inaplazablemente alguien en quien confiar, alguien que se ocupe de mis asuntos mientras yo no pueda hacerlo.

»No he tenido una vida fácil, como sabe.  No nací de noble cuna ni en una familia burguesa.  Mi madre estaba sola y era más pobre que una rata.  Todo cuanto tengo me ha supuesto sudor y más sudor.  He colocado cada piedra de mi “imperio” con mis propias manos, hasta verlas despellejadas, hasta caer extenuado. ¿Sabía que empecé a trabajar a los cinco años?  No le aburriré con la interminable lista de trabajos, a menudo denigrantes, que mevi obligado a aceptar durante muchos años de mi vida.  Trabajé duro, muy duro, hasta que logré reunir el suficiente capital capaz de reproducirse por sí mismo y convertirme en lo que ahora soy.  No tuve infancia, desconozco los gozos de la juventud, era un hombre amargado y moralmente anciano antes de cumplir los treinta años. Me he visto continuamente explotado y humillado por la vida, hasta que ésta un día se cansó de sus tranquilas burlas y se sentó a maquinar un escarnio infinitamente mayor y más doloroso.  Ahora, cuando apenas hace unos años que puedo reposar en la quietud de mi hogar con el convencimiento absoluto de que aquel día, y al otro, y al otro, y al otro, podré satisfacer cada una de mis necesidades y deseos cualesquiera que éstos sean, ahora, Sir James, el destino ha tramado contra mí su más cruel jugada.  Voy a perderlo todo.  Todo lo que he tardado una vida de sufrimientos en conseguir va a serme arrebatado. ¿Es justo, Sir James? ¿Cree que es justo?

Éste, perturbado, vacilante, respondió con voz apenas audible:

–No, no lo es.

El rostro de Waller se mostraba ahora amargado y ensombrecido.

–El problema es que dentro de seis meses habré de empezar de nuevo. ¡Desde cero otra vez! –Sus ojos se abrieron llenos de pánico y su voz se alteró al pronunciar tales palabras.  Después, tras aproximar su rostro al de su vecino cuanto pudo, agregó, casi en un susurro–:  Y con la vida que he vivido, Sir James, empezar de nuevo me causa terror.  Usted me comprende, ¿verdad?  Sabe a lo que me refiero.  Por eso le he elegido a usted, entre otros motivos.

–En realidad… –murmuró Sir James–… supongo que alude a la posibilidad de una reencarnación.  Imagino.

–Exactamente. ¿A qué, si no? ¿Acaso no es usted uno de los mayores expertos del mundo en religiones orientales?

Sir James empezaba a sumirse en un indescriptible estado de asombro y perplejidad.

–Bueno, no puedo negar que…, en cierto modo…, es así –balbuceó.

–No sea modesto, Sir James.  Usted está imbuido del espíritu de la India; vivió en ella durante años y no ha podido evitar regresar innumerables veces.  Ha impartido conferencias sobre budismo y filosofía hindú en las más importantes universidades del mundo, ¿a qué mejor persona podría recurrir?

–¿Recurrir para qué? ¿Qué es lo que desea de mí?

–Voy a morir, y ni siquiera tengo un hijo a quien legar mi fortuna. ¿Sabe a quién le correspondería legalmente mi herencia si yo muriese sin testar?  Al hijo de un primo lejano a quien no he visto en mi vida.  La fortuna que me ha costado sangre, sudor y lágrimas conseguir… ¡a mí, y no a otro! ¿Por qué habría de dejársela a él o a otra persona? ¡Es mía por derecho! –exclamó, esforzándose por contener el tono de su voz–. ¡Sólo mía!  Si a mí nadie me ha regalado nada jamás, ¿por qué habría de hacerlo yo? ¿Le parece justo que esa persona disfrute sin esfuerzo de lo que yo, una vez más, habré de luchar para ganar al mismo tiempo que él lo despilfarra; que, quien quiera que sea, persona o institución, haga libre uso de mi dinero, mientras yo quizá haya renacido y vuelva a verme mendigando y trabajando hasta la extenuación, o muriéndome de hambre en cualquier esquina? ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no puedo ser yo mismo quien disfrute de lo que es mío, quien herede lo que me pertenece?

Le miraba ahora con la expresión casi enloquecida, y sólo el hecho de que se encontraran en un lugar público, con el camarero a poco más de un metro de distancia de ellos, le impelía a mantener el control sobre sí mismo.

¿Qué podía decir Sir James? Para él Waller era un hombre indudablemente enfermo; traumatizado ante la idea de una muerte inesperada e inminente ante la que se hallaba indefenso como nunca lo hubiera estado ante ningún otro horror de la vida. Él, el luchador nato e invicto ante todas las crueldades de la existencia, no podía soportar la idea de esperar la muerte impasiblemente, sin presentar batalla.

–Usted tampoco tiene herederos, Sir James –continuó, recuperada la compostura–. Discúlpeme, pero me he visto en la necesidad de investigar ciertos detalles de su vida –Lorton se irguió, visiblemente enojado, al tiempo que la indignación fruncía su ceño–. Por favor, no se enfade. Le ruego me perdone. Cuando acabe de explicarme comprenderá mis motivos, pero puede estar seguro de que no he buscado ni obtenido dato alguno del que pudiera avergonzarse, y, en cualquier caso, nunca lo hubiera empleado en su contra de haberlo hallado. No me movió nunca tal propósito.

»Además del detalle de su falta de herederos, he averiguado otros, aún más importantes para mí, como que su fortuna dobla la mía, lo cual, una vez más, le convierte en mi candidato perfecto.

–¿Candidato perfecto para qué?

–Yo voy a morir en un plazo máximo de seis meses, Sir James, mientras que usted, así lo confirman sus informes médicos… Sí, sí…, comprendo su indignación, discúlpeme una vez más, era vital que accediese a ellos… Usted, digo, vivirá largo tiempo rebosante de salud.  Me alegra ver que sigue una dieta sana y que no fuma.  Esto sería terrible para su corazón, con el agotamiento al que se ve sometido.  Por tanto, considero que es la persona adecuada para cuidar de mis intereses mientras yo falte.  Eso es lo que he venido a pedirle, Sir James.  Le ruego que acepte ser mi testamentario.

–¿Su testamentario? –preguntó atónito–. ¿No cree que sería mejor que designara a un notario de su confianza?

–No tengo a nadie de mi confianza, Sir James –le interrumpió–, salvo a usted, espero.  Cualquier otro me tomaría inmediatamente por loco, pero sus conocimientos lo sitúan a usted en un plano intelectual y espiritualmente distinto. Superior…

Sir James quedó en silencio, evaluando las implicaciones que se desprendían de tales palabras. ¿Hasta dónde llegaría la locura de aquel hombre?

–No estoy seguro de haberle entendido –manifestó.

–Oh, sí lo ha hecho; pero con gusto lo expondré con el número de palabras que usted desee. Ésta es la situación: en seis meses estaré muerto, y a partir de ese instante, del instante de mi muerte, en un lugar indeterminado y en un tiempo que no puedo concretar, quizá un minuto después, quizá unos años, volveré a renacer en un cuerpo mortal, o, si lo prefiere en un término más popular en occidente aunque menos estricto para un budista, me reencarnaré.  La misión fundamental de mi albacea testamentario consistirá en otorgar mi herencia a la persona en quien haya renacido. A mí mismo, en definitiva.

Lorton se rió vivamente.

–¿Cómo ha podido ocurrírsele semejante disparate? Escúcheme un momento, Waller –le pidió, no viendo cómo disuadirle de aquel despropósito–. ¿Cree que es tan fácil? ¿Cree que otros no lo habrían intentado ya, si fuese tan sencillo?  Aun en el caso de que llegase a renacer o a reencarnarse…

–¿Acaso no es para usted un artículo de fe? –le interrumpió en voz alta y enojada–.  Usted cree en la reencarnación, ¿no es así? Cree en ella. Usted la predica.

–No, no es cierto.  No la predico. Únicamente expongo unos hechos.

–Hechos en los que cree –casi le gritó, aproximando al suyo cuanto pudo su rostro enrojecido, irguiéndose por encima de la mesa–.  Hechos concluyentes. Como los que expuso en el último curso que impartió en Oxford.

–Nada es concluyente en un campo metafísico, Mr.  Waller.

–También he leído sus obras. Todas. Usted manifiesta en ellas su convicción; entre líneas, quizá, pero la manifiesta.  Vamos, Sir James, contésteme con una sola palabra: cuando usted muera, usted y no otro, ¿cree que volverá a la vida en un cuerpo mortal?

Lorton vacilaba en dar la contestación que tan claramente accedía a sus labios, mientras la aguda mirada de Waller le traspasaba.

–¿Se reencarnará usted, Sir James? –insistió éste.

Sir James aspiró aire y lo exhaló entrecortadamente.

–Eso es lo que creo, sí –murmuró finalmente.

Waller le miró con una expresión triunfal, con un brillo astuto en la mirada.

–Pero es un desafuero el creer que por ello cualquiera de nosotros puede tener la posibilidad de recuperar su vida pasada –agregó Lorton–.  Usted se propone desafiar las leyes universales, intentar burlar al destino generado por su karma. Riqueza, longevidad, belleza, salud o sabiduría no existen por casualidad, sino por el karma. Lo que pretende es innatural.

–Karma no significa destino ni predeterminación, pero si así fuese, el mío no es muy bueno, se lo aseguro, y estoy lejos de alcanzar el despertar. Mi próxima vida no será mejor de lo que lo fue ésta, a no ser que usted me ayude.

–Por otro lado, ¿qué le indicaría que usted ha nacido a la persona designada como testamentario? ¿Una estrella en el cielo?  Supongamos que, en el mejor de los casos, nace usted a sólo unos kilómetros de esa persona, supongamos, incluso, que ella tiene noticias de su nacimiento, ¿cómo sabrá a ciencia cierta, sin asomo de dudas, que usted es usted? ¿Será como la búsqueda de un nuevo buda? ¿Es eso lo que ha imaginado, que escogerá los correctos de entre todos los objetos que se le presenten y eso bastará?

–Me habla como quien intenta disuadir a un niño incapaz de un gran cometido –dijo, con total calma–.  No me menosprecie, Sir James.  Cuando he llegado hasta usted es porque ya tengo un método bien definido para solventar tales problemas, e, incluso, experimentado.

–¿Experimentado?

–Exacto. Experimentado.

Con una leve mueca de incrédula burla, vagamente interesado, Sir James insistió:

–¿Y exactamente qué quiere decir experimentado?

El ajado rostro de Waller se contrajo y de él escapó una breve risotada sardónica que por un momento lo transformó en una máscara espantosa.

–Supuse que eso le interesaría –musitó, inclinando su cuerpo sobre la mesa y estirando el cuello para aproximarse e él–.  Es asombroso que un erudito como usted no haya tenido acceso al conocimiento que ahora obra en mi poder.  Sin embargo, debe saber que no soy el primer occidental que accede a él.  Otros lo han disfrutado antes que yo.

Dicho esto, quedó en dramático silencio durante largo tiempo, con sus ojos punzando los de Lorton, en espera de que la curiosidad creciese en su interior, como sabía que ocurriría.  Sir James apenas podía soportar la visión espantosa de su fisonomía, su aliento surgiendo a sólo unos centímetros de su propio rostro.

–¿Acaso es usted un mimo? –explotó, en un acceso de nerviosa curiosidad mezclada con enormes ganas de salir huyendo–. ¿Quiere que le eche unas moneditas para animarle a continuar su historia?

Waller se rió de nuevo. Luego volvió a su posición, y, abandonando el tono iniciático que había empleado en su revelación, con voz segura, prosiguió:

–Dejemos el cómo por ahora y supongamos que ya he logrado convencerle de que conozco el modo de encontrarme a mí mismo y de, una vez reencarnado, demostrarle a mi testamentario, sin ningún género de dudas, que yo soy yo.  Quizá aún se pregunte usted por qué le he elegido con absoluta convicción. Al fin y al cabo, hay millones de budistas convencidos. Pero son muchos los argumentos que pesan a su favor. Cuando comencé a pensar en la persona a quien debería escoger, lo vi claro desde el primer momento.  Me dije: «¡Si pudiese encontrar a alguien que estuviese tan interesado como yo en saber si realmente puedo conseguirlo, porque, tras su muerte, él mismo desease recuperar su vida pasada… !» En ese mismo instante su imagen acudió a mi cerebro como una inspiración. Pensé y pensé…. y cuanto más pensaba, más perfecto me parecía usted. Cualquier otro candidato me ofrecería múltiples problemas difíciles de resolver.

»Necesitaba una persona para quien mi fortuna no supusiese un bombón demasiado dulce como para traicionarme una vez muerto, lo cual le sería inmensamente fácil; sólo tendría que buscar un cómplice adecuado a quien nombraría mi heredero y con quien se repartiría mi dinero.  También podría suceder que el hijo de mi lejanísimo primo recurriera mi “extraño” testamento y mi última voluntad quedase invalidada en virtud de la locura que me asolaba en mis últimos días, corroborada por mi albacea testamentario gracias a un tácito y beneficioso acuerdo entre ambos.  Usted es, además de una de las personas más ricas que conozco, sin duda la más íntegra moralmente.  Naturalmente, mi cuantiosa herencia sería capaz de corromper al más honrado de los caballeros, sin importar que ya poseyese más del doble de lo que iba a percibir.  Usted sabe eso tan bien como yo.  Por tanto, la persona que eligiese debía tener un algo más que me garantizase en la mayor medida posible que difícilmente caería en la tentación.  Lo cual, nuevamente me llevaba a usted como mejor candidato.  Un estudioso de la materia, involucrado en ella desde su niñez y con inagotables ansias de saber, con un legado millonario esperándole en su próxima vida, sería la persona perfecta, mi perfecto testamentario. Usted, Sir James.

Lorton permaneció con la vista fija en él, mudo de asombro.

–Mire, Waller–consiguió articular después–, sinceramente, considero imposible el que ni usted ni nadie consiga jamás un propósito semejante.  Es la idea más descabellada que he oído en mi vida, y…, y…, si fuese posible, le repito que iría contra todas las leyes humanas y divinas, sería algo…, absolutamente innatural…, atroz.

–Guárdese esas absurdas consideraciones éticas de hombre joven y sano a decenas de años del día de su muerte –pidió Waller con tranquilidad, y añadió–: Contésteme simplemente: ¿aceptará mi petición?

–Por supuesto que no –negó Lorton contundentemente–. ¡Es ridículo!

–Lógicamente, esperaba una negativa inicial.  Es la reacción instintiva.  Sin embargo, piense que está actuando en contra de sus principios, revelándose contra sus creencias más íntimas a causa de falsas teorías heredadas; se comporta, en suma, de modo irracional.

–Escuche, Waller, creo que debería dejar de atormentarse –le instó compasivamente–. El ciclo ha de compensarse a sí mismo, sin duda se autoequilibra. Es decir, que si su vida presente ha sido tan mala como usted dice, con la próxima la balanza habrá de nivelarse.  Estoy convencido de ello.  De no ser así, todo sucedería de modo arbitrario y vano.

–En tal caso, Sir James Lorton, hijo de lord Anthony Lorton y lady Margaret Windsor, doctor Honoris Causa por cinco universidades de todo el mundo y brillante hombre de negocios, debería ir pensando en su futuro.