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Juego de dioses – Primer capítulo | Ángeles Goyanes

Juego de dioses – Primer capítulo

1

Colton se levantó del pupitre y dirigió una mirada anhelante hacia el grupo de chicos que, como cada día al final de las clases, se reunía a la puerta del aula para deliberar sobre su próxima aventura. Se preguntó lo que harían, a dónde se encaminarían hoy. Si fuesen al Centro de Ocio Sengem, podría seguirlos y, allí, hacerse el encontradizo. Era la única forma que se le ocurría de romper el hielo, de traspasar la gruesa muralla que aquella pandilla había creado alrededor de los demás muchachos, de cuya existencia ni siquiera parecían ser conscientes. Tal distanciamiento los situaba aún más alto en el pedestal de superioridad en el que Colton les había elevado, admirado ante la fortaleza de amistad que los unía y de la que ansiaba formar parte con todas sus fuerzas.
Llevaba días deliberando interiormente sobre la forma de acercarse a ellos, y los había seguido, con discreción, a la salida del colegio, en varias ocasiones. A menudo les había perdido de vista en la casa de alguno de ellos, o los había visto sentados en corro en el césped del parque. También era fácil descubrirlos sumergiéndose en el bosque cargados con bolsas y bultos misteriosos, pero lo más habitual era encontrarlos en el nuevo centro de ocio. Por ello, Colton había ahorrado pacientemente, durante semanas, con el fin de conseguir una entrada. Pasar una tarde allí resultaba realmente caro, y el muchacho se había quedado a la puerta más de una vez viendo cómo los pudientes chicos a quienes seguía se perdían excitadamente en su interior. Hoy, por fin, atesoraba en su bolsillo la cantidad necesaria para poder llevar a cabo su ansiada operación de acercamiento. Si el grupo decidía ir al Sengem, él se tropezaría con sus miembros y se las ingeniaría para charlar con ellos y pasar a su lado el mayor tiempo posible. Estaba seguro de que, si conseguía hacerse conocer, ellos le reconocerían como a un igual y le aceptarían en la pandilla.
Como solía, el niño permaneció rezagado en el aula vacía hasta que vio que el grupo echaba a andar hacia el destino recién acordado. Los siguió a poca distancia hasta traspasar los muros del colegio y, a partir de ahí, dejó que se alejaran hasta unos treinta metros. La calle estaba llena de colegiales a lo largo de varias manzanas; no temía llamar la atención de la pandilla, ni tampoco perderla.
Algo más de un kilómetro más tarde llegaron a la intersección donde se decidía el futuro de Colton. Si torcían a la izquierda, el grupo se perdería en las calles comerciales, el parque o la casa de alguno de ellos, dando al traste con sus esperanzas. A la derecha, existía un único destino que pudiera ser de su interés: el Centro de Ocio Sengem.
Colton contuvo el aliento mientras les observaba, ajeno al bullicioso trajín de muchachos a su alrededor. ¡Bien! Su corazón dio un vuelco de alegría al verlos girar, decididamente, hacia la derecha. Aceleró el paso, tratando de contener su sonrisa, mientras, por enésima vez, fantaseaba acerca del encuentro, cómo y dónde se produciría, qué les diría para atraer su atención. Esperó a que ellos se perdieran en el interior del edificio y luego adquirió su entrada. Después, aceleró el paso para evitar que se alejaran demasiado. El centro era realmente enorme y, si entraban en cualquiera de las concurridas atracciones, le sería difícil encontrarlos.
Al contrario que él, los chicos conocían bien el recinto y se encaminaban, con paso ligero, hacia algún lugar concreto. A Colton, que había conseguido entrar allí por segunda vez en su vida, le costaba trabajo mantener su ritmo, incapaz de apartar la mirada de las tentadoras y sorprendentes ofertas que le llamaban desde cada escaparate, y tenía que repetirse que tendría ocasión de visitar todo aquello más tarde, que ahora no debía apartarse de su objetivo.
Al poco, llegaron al lugar escogido. El muchacho aminoró el paso al ver a los otros perderse en el interior de un local en cuyo rótulo exterior se anunciaba: “¡Crea tu propia mascota!”. Colton sonrió emocionado. ¡Guau! Aquello sonaba excitante por sí mismo, sin el añadido de la persecución a sus compañeros, quienes, por cierto, tenían excelente gusto escogiendo sus diversiones, según parecía. Se dijo que debía esperar algunos minutos antes de entrar, para evitar toda sospecha de espionaje, pero no tuvo paciencia y penetró despacio en el lugar, en cuya antesala se levantaban vitrinas, similares a las de un museo, que contenían pequeñas y extrañas criaturas disecadas, las cuales, al instante, llamaron su atención. Junto a cada una de ellas existía un letrero donde podía leerse una explicación similar a esta: “¡Idea para tu mascota! ¡Pon un 5% de visón, añade un 40% de topillo, suma un 30% de hámster, un 3% de chinchilla y un 7% ardilla, y obtendrás una adorable bola de peluche viviente similar a esta!” La “adorable bola de peluche” en cuestión le pareció a Colton una criatura fascinante y graciosa. Sin embargo, él tenía un animal adorable completamente real, su perro Fedor, y tenía el convencimiento de que aquellos monstruitos de laboratorio no podían comparársele. Ahora bien, experimentar con las distintas combinaciones y obtener un horrible bicho único –¡o muchos!– con el que fardar con todo el mundo, molaba sin dudarlo. Colton levantó la vista y miró por las paredes, cubiertas de fotos de felices clientes con sus creaciones. Unos carteles de apariencia más seria informaban sobre lo que se podía esperar de los engendros transgénicos; su esperanza de vida, que eran todos estériles y cosas así.
Al fondo de la sala llamaron su atención otras vitrinas junto a las cuales ponía: “¿La quieres aún más alucinante?” El chico se acercó inmediatamente a curiosear, maravillándose ante su contenido. Esta vez no se hallaba ante criaturas disecadas sino vivas, seres desasosegantes que le estremecían hasta lo más profundo mirándole a través de un único ojo, o de diez, situados por todas partes de su cuerpo. A uno de ellos le había crecido sobre la espalda una oreja humana, otro se movía sobre dedos humanos en lugar de patas. A Colton se le salían los ojos de las órbitas, medio fascinado, medio asqueado.
En aquel momento le llegaron risas lejanas que le sacaron de su abstracción. Se trataba de sus compañeros, que, como sin duda no era la primera vez que visitaban la atracción, habían pasado directamente a la siguiente sala. Colton estaba tan absorto, tan asombrado ante lo que veía, que la persecución había sido momentáneamente olvidada. Se despegó de allí con pesar, lanzando una última mirada hacia los seres que no había llegado a contemplar de cerca, y atravesó una cortina de terciopelo negro, yendo a parar a una enorme sala repleta de jóvenes que se arracimaban en torno a las máquinas encastradas en las paredes, charlando emocionadamente. Dirigió la mirada hacia sus compañeros y, por primera vez, fue consciente de algo que había observado muchas veces sin nunca haber llegado a procesarlo en su cerebro: no pronunciaban una sola palabra. Se miraban, parecían entenderse, estallaban en súbitas carcajadas al unísono, pero rara vez hablaban. Se extrañó de no haberse preguntado antes la razón, pero quizá ese distanciamiento suyo había contribuido a hacerles más atractivos a sus ojos, aquella impresión de sociedad secreta con que pasaban del mundo. ¿Quién no quiere desentrañar los misterios de un círculo secreto?
Debía tomar una resolución, antes de que le viesen allí parado como un tonto o, peor, como al espía que era, y esta no podía ser otra que acercarse a ellos de inmediato. Recorrió los diez pasos que los separaban y se plantó a su lado.
–Ah, hola, tíos –dijo, con toda la naturalidad de que fue capaz, como tras un encontronazo casual–. Los cinco que conformaban el grupo se volvieron a él con expresiones que variaban entre el desinterés y la expectación airada. Le cupo duda de que le reconocieran, por lo cual, continuó–: Soy Colton. De vuestra clase.
Los cinco intercambiaron miradas silenciosas.
–¿Qué hay, Colton? –preguntó sin interés uno de ellos, como si acabase de ser nombrado interlocutor con el intruso.
–Pues… –la recepción obtenida fue tan amarga que al chico se le atragantaron los clichés que llevaba aprendidos–. La verdad… es que es la primera vez que vengo aquí, y al veros pensé que a lo mejor podríais enseñarme a crear un monstruito.
El grupo intercambió nuevamente una mirada y pareció debatir mudamente su proceder.
–No hay problema –contestó el mismo chico–. Siéntate aquí.
Sin poderlo creer, Colton tomó el asiento que otro chico dejó libre para él, de los dos únicos que había junto a la máquina. A su lado estaba un niño llamado Bert que comenzó a explicarle el manejo, pulsando aquí y allá sobre la pantalla con rapidez.
–¿Ves? Le vas poniendo los porcentajes que quieras de cada animal y aquí te va saliendo la imagen de cómo sería el monstruo, más o menos.
–¡Guay! –exclamó Colton entusiasmado–. ¿Vosotros habéis creado ya muchos?
–¡Uf! Montones. La diñan enseguida, y encima no se pueden reproducir.
–Sí, ya he leído algo ahí fuera.
–Eso es una auténtica putada –intervino otro de ellos a la espalda de Colton.
–¡Ya lo creo que lo es! –corroboró Colton–. Sería genial poder cruzar monstruos distintos y ver cómo salen sus crías. Seguro que no permiten que se reproduzcan con el pretexto de que las mutaciones supondrían un potencial peligro para la gente, pero lo que en realidad quieren es que nos dejemos el dinero en sus bichos cada dos por tres. Me conozco esos trucos; mis padres trabajan para Gequimarts.
Para su sorpresa, aquella declaración causó un enorme impacto en sus compañeros, quienes le contemplaron mudos de asombro durante unos instantes, hasta que uno de ellos exclamó:
–¿Tus padres trabajan en Gequimarts? ¡¿Y los dos, encima?!
–¿Nos estás tomando el puto pelo? –interpeló otro–. ¡¿Gequimarts?!
Colton se sintió inesperadamente complacido.
–No es para tanto –dijo, agradeciendo el que sí lo fuera a los ojos de los otros niños–. Mis padres son químicos y, sí, trabajan en Gequimarts –En realidad, Colton no sabía mucho más, pero ante las expectantes miradas creyó atractivo añadir–: Trabajan en un proyecto secreto. Unas píldoras poco menos que mágicas.
Una oleada de admiración y regocijo recorrió al pequeño grupo.
–¡Háblanos de ellas! ¿Para qué servirán?
Le llegó un excitado aluvión de preguntas por parte de los otros chicos y Colton se sintió abrumado. Lo cierto era que nunca se había interesado demasiado por saber más sobre el trabajo de sus padres, y ahora que cualquier brizna de información parecía suponer la llave al corazón de la pandilla, lo lamentaba. Pensó durante unos momentos en las frases deslavazadas que había escuchado de cuando en cuando mientras sus padres preparaban la cena o el desayuno y él andaba cerca, sin que advirtiesen su presencia.
–Pues, creo que tiene algo que ver con los recuerdos –dijo.
–¡Con los recuerdos! ¿Crear recuerdos de las fantasías? ¿Es eso?
El grupo volvió a clavar su mirada en Colton e, instantes después, mientras todavía pensaba qué contestar, de pronto los chicos estallaron en carcajadas. Él los observó atónito, preguntándose el motivo. ¿Acaso se reían de él? No, qué va. Parecían hacerlo de Rick, el chico que acababa de preguntarle si la pastilla convertiría en recuerdos las fantasías, puesto que todos le miraban ahora.
–¿De qué os reís? –les preguntó Colton.
–De que Fred le ha preguntado a Rick si son sus fantasías con Analisa las que quiere convertir en recuerdos.
Colton sonrió con extrañeza y dijo:
–¿Fred se lo ha preguntado? ¿Cómo?
Fred se llevó dos dedos a su oído derecho y extrajo un minúsculo artefacto que puso ante la asombrada mirada de Colton.
–Con esto, tío. El telecomunicador GRX-750. Tiene diez mil fasocuencias. Lo conectas en la misma que tus colegas y es improbable que alguien que no la sepa intercepte vuestros pensamientos.
–¡Guau! ¡Cómo me gustaría tener uno!
–Deberías. No veas cómo mola cuando hacemos exámenes. Lo traen de importación en la tienda de electrónica de la 115 con la 1040. ¿La conoces?
–Sí.
–Hazte con uno. Es caro, pero tus padres deben de ganar pasta.
Colton dudó, meditabundo.
–Puede, pero son muy estrictos y anticuados. Piensan que este tipo de tecnologías avanzadas no son para niños.
–Busca la manera de engatusarlos para que te lo compren y averigua más sobre esas nuevas pastis en las que trabajan. Así podrás estrenarlo contándonos algo interesante el próximo día durante la clase del Tronco.
El Tronco, así llamado porque sus alumnos decían dormirse durante sus monótonas clases, impartía la siguiente pasados los próximos tres días de descanso. Emocionado ante la puerta que, inopinadamente, se había abierto ante él, Colton pensó que tendría tiempo suficiente de convencer a su madre, más débil, a la hora de satisfacer sus caprichos, de lo que lo era su padre. Aquel minúsculo artefacto llamado GRX-750 le integraría en un grupo de amigos por primera vez en su vida. Valía la pena hacer lo imposible por conseguirlo. ¡Qué suerte haber descubierto, por pura casualidad, la fascinación que les causaba Gequimarts! Este pensamiento le dirigió a otra pregunta:
–Casi todas las pastis de Gequimarts están contraindicadas para niños. ¿Vosotros las habéis probado?
–Claro que sí –contestó Fred–. Mi ex niñera me consigue las que queremos. No sabes lo que te pierdes si no las has probado. Deberías buscar por tu casa; seguro que tus padres esconden algunas.
–Segurísimo –intervino Bert–. ¡Cómo no van a tener a montones trabajando en Gequimarts!
Otro de los muchachos, Dein, que parecía el más joven y tímido, señaló que se haría tarde si no empezaban ya a crear la mascota, por lo que dejaron la conversación y se pusieron a ello. La máquina efectuaba una serie de preguntas previas sobre el hábitat que se le ofrecería a la mascota, si se deseaba que esta fuese vegetariana, si tendría posibilidad de volar, corretear, trepar o nadar, si debía ser animosa o pacífica, ruidosa o silenciosa, así como el nivel de monstruosidad que se deseaba (Nivel 1, mascota transgénica sencilla; Nivel 2, elementos anómalos a cualquier especie conocida, como ojos o miembros en número exagerado o nulo, o en ubicaciones absurdas; Nivel 3, mascota con alguna proporción de genes humanos, como la ya clásica oreja en la espalda o los dedos como patas con los que Colton se había horrorizado en la antesala).
Colton conocía los límites de sus trasnochados padres y escogió una mascota vegetariana de nivel 1, la cual, tras elegir sus proporciones genéticas, según la imagen ofrecida acabaría teniendo el aspecto de un gracioso mono con alas de unos quince centímetros de alto.
Los seis niños clavaron la mirada en el vientre transparente de la máquina mientras esta creaba la mezcla genética y trabajaba en la gestación.
–¿Cómo puede crear un ser vivo tan rápido –se preguntó Colton en un murmullo sin despegar la vista del asombroso proceso– con el tiempo que le lleva a la naturaleza?
–Solo ha dado un paso más para vencer al tiempo –susurró el pequeño Dein a su lado–. Un niño tarda nueve meses en nacer, un perro dos meses y una mosca solo unas horas. Los creadores de la máquina lo han conseguido reducir a minutos, pero estos monstruos son aún más tontos que un insecto, casi no tienen cerebro. Son solo carne en movimiento.
Colton miró un instante al chico. Perdía su timidez con él y parecía listo. Sonrió para sus adentros. No podía creer que le estuviese resultando tan sencillo acercarse a ellos. Eran los amigos que necesitaba: divertidos e interesantes.
La matriz de la máquina permitió ver el asombroso proceso de transformación del embrión. Un embrión con una forma tan anómala que no aparecía en sus libros de biología. Finalmente, transcurridos doce minutos la criatura había sido creada y tenía ese aspecto asombroso prometido durante la elección de las proporciones genéticas, que causó el júbilo de los muchachos. Fue expulsada de la máquina en el interior de una caja transparente que llevaba las instrucciones de mantenimiento adheridas. El ser dormía, y lo haría durante muchas horas, según se explicaba en ellas.
Los chicos salieron de la atracción comentando entusiasmados el resultado del experimento. El bicho iba a resultar divertidísimo. Era mono. Tenía un aspecto gracioso. No daba asco, como ocurría con la mayoría de los mostrados en la exposición.
Colton llevaba la jaula apretada con cuidado contra su pecho. Estaba orgulloso y ya adoraba a la criatura que era, más o menos, obra suya. Estaba deseando verla corretear y volar por su habitación. Pero la imagen de su madre chillando horrorizada nada más verla se le vino a la memoria al fantasear con ello.
–Quiero uno igual, Colton –dijo Fred mientras dejaban el recinto–. Acuérdate de los porcentajes que pusiste y me ayudas a crearlo la semana que viene.
Colton le sonrió. De repente, impulsivamente, se giró hacia él y le ofreció la jaula con la mascota.
–Quédate con él, Fred. Es más que probable que mi madre lo meta en el congelador en cuanto lo vea, para matarlo sin sufrimiento. La oí alabar a una amiga suya por haberlo hecho en cuando descubrió al que su hija había llevado a casa. Contigo estará a salvo.
–¿En serio? ¡Muchas gracias! –Fred tomó la caja y miró embobado a la criatura durmiente–. Le llamaré Cot en tu honor, porque es parecido a tu nombre.
Colton le agradeció el gesto, mirando a su creación con gran pesar. Había hecho lo correcto, estaba seguro. No solo le había salvado la vida a Cot, sino que había evitado una pelea inoportuna justo cuando ya iba a tener bastante trabajo luchando por conseguir el GRX-750.
Durante el camino de regreso hasta que se separaron, los chicos fueron cordiales con él, sin embargo, los múltiples silencios delataban que hacían uso del GRX-750, y, como alguien que no conoce un idioma, Colton se sentía excluido. Se haría con el aparato en los siguientes días, costara lo que costase.
A la mañana siguiente, Arina, la madre de Colton, decidió salir a comprarse ropa y, viendo en ello una oportunidad para iniciar su campaña para la compra del GRX-750, su hijo decidió acompañarla.
–Oye, mamá –preguntó en el coche mientras su madre leía mensajes–, ¿papá y tú tomáis las pastillas que fabrica Gequimarts?
Su madre le dirigió una mirada grave e inquieta.
–Solamente cuando estamos realmente enfermos, Colton. Pero me temo que tú te refieres a esas otras pastillas populares que anuncian por todas partes, y esas son veneno, hijo, no has de tomarlas nunca. Papá y yo trabajamos en proyectos serios, medicamentos necesarios para eliminar el sufrimiento de las personas y que, gracias a ello, puedan continuar viviendo una vida satisfactoria y plena, mientras que esas pastillas de las que habrás oído hablar son basura que la gente toma por vicio. Únicamente sirven para crear vidas falsas o momentos fugaces que acaban por destrozar la verdadera identidad de las personas. No están pensadas para papá, para mí o para ti, Colton, sino para gentes que han renunciado a éxitos y placeres reales, o para quienes no son capaces de disfrutar serenamente de los que han alcanzado o se ven sobrepasados por ellos. En cualquiera de los casos, quienes las consumen nunca acaban bien.
Colton volvió la mirada al frente sin comentar nada. Pensó que, como siempre, su madre exageraba. Todo el mundo las tomaba, incluso los niños de su clase, y no se les veían secuelas. De hecho, parecían más sanos, satisfechos y felices que ninguno de los demás. Pero en su casa todo eran prohibiciones y meterle miedo acerca de todo lo que pareciese emocionante y divertido. Se preguntó si su madre mentiría para apartarle del supuesto peligro y, en realidad, sí tendrían pastillas escondidas en alguna parte, como Fred había supuesto. Las buscaría a la menor oportunidad, por si acaso.
Llegaron al centro comercial y Colton recorrió las tiendas favoritas de su madre pegado a ella, pero con la mente distante. A la vuelta planeaba conseguir que ella le llevase a la tienda de electrónica y le comprase el GRX-750, pero aún no había iniciado su campaña para conseguirlo y no iba a resultar fácil precisamente.
–Mamá, en el colegio todo el mundo tiene el GRX-750. Cómprame uno, por favor, anda –imploró sencillamente, como forma de iniciar la lucha.
Distraídamente, mientras separaba perchas y curioseaba las prendas, Arina preguntó:
–¿Y eso qué es?
Colton escogió palabras inocentes.
–Un juguete que sirve para charlar a distancia entre varios amigos.
La madre frunció el ceño con extrañeza.
–¿Eso no lleva ochocientos años inventado?
–¡No se trata de esas antiguallas para adultos, mamá, esto es algo más moderno! Es muy diferente. Es tan pequeño que cabe dentro del oído, y con él no te hace falta hablar, funciona con el pensamiento. ¡Mamá, es súper genial! ¡Anda, cómprame uno! ¡Por favor!
Arina meneó la cabeza con disgusto.
–No suena sano en absoluto –comentó.
–¡Es para jugar a agentes secretos, mamá! ¿Por qué no va a ser sano?
–Las ondas que emiten ese tipo de dispositivos convierten los cerebros adultos en carne cocida, imagina lo que harán con el de un niño en edad de crecimiento.
–¡Estoy harto! ¡Para papá y para ti todo son peligros! ¡Solo quiero poder jugar con los demás chicos con juguetes de esta era, en lugar de tener que jugar solo con esos trastos de museo que siempre me compráis! Si son tan perjudiciales ¿cómo es que se permite su venta?
Su madre dejó de hurgar la ropa y se volvió a él pacientemente para explicarle:
–Por dinero, cariño. Porque gente sin escrúpulos fabrica esas armas mortales y compra a mucha otra gente sin escrúpulos para evitar que alguien saque a la luz la peligrosidad de sus productos y se impida su venta. Igual sucede con esas pastillas malas de Gequimarts y con muchas otras sustancias y artículos dañinos. Si alguien dice algo en contra, se le acalla con dinero y, cuando no lo acepta, se le amenaza, se le quita de en medio o se le mata. Nunca pienses que hay alguien ahí fuera que cuida de ti. Quienes cobran por ello, en realidad, solo cuidan de los que están muy, muy arriba. Y, para que ellos puedan seguir subiendo, los demás debemos caer. Hoy apenas es posible adquirir ni siquiera comida que no sea potencialmente tóxica, y…
Mientras Arina continuaba con su explicación, Colton frunció el ceño, se puso de morros y se calló.
Primer asalto perdido, y la cosa estaba difícil. Conocía bien a su madre, y cuando le daba por soltar discursos sobre lo malo que era todo el mundo y lo perjudicial y peligroso que era todo, siempre resultaba imposible de convencer.
La siguió un rato más por el almacén, sin prestar atención a lo que compraba o miraba. De haberlo hecho, se habría asombrado, porque su madre se había detenido en la sección de recién nacidos. Colton aún no lo sabía, pero estaba embarazada. El embarazo había sido inesperado, por tanto, nunca se había hablado ante el niño de la posibilidad de darle un hermano, y la gran preocupación de Arina era cómo se lo tomaría su hijo.
Mientras revolvía patucos reflexionaba sobre la forma y la ocasión de decírselo. No ahora, desde luego, mientras estuviese con la perra por el aparato aquel, pero tampoco podía demorarlo, pues estaba ilusionada e impaciente por empezar a arreglar la habitación del futuro bebé y por ir comprando cosas para él. Además, su vientre había empezado a crecer y pronto se haría evidente. Aunque sería raro que su hijo lo dedujese, alguien podría comentarlo delante de él.
Colton continuó silencioso y de morros a su regreso en el automóvil, hasta que, de improviso, a causa de la rabia acumulada, explotó y reemprendió su campaña para la compra del GRX-750 casi sin proponérselo. Fue a causa de que se había dado cuenta de la proximidad de la tienda donde lo vendían, y se lo dijo a su madre.
–Colton, ¿no te he explicado ya las razones por las que no es adecuado para ti? –preguntó ella manteniendo la calma.
–¡Todo tiene que ser siempre lo que tú quieres!—gritó él–. ¡Pues me lo compraré yo! ¿Te enteras? ¡Ganaré el dinero como sea y me lo compraré yo!
Colton fijó la húmeda mirada en la carretera, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y los labios temblorosos.
Arina suspiró, intentando ser paciente. Si iba a tener que soportarle así durante varios días, ¿cómo iba a poder contarle lo de su futuro hermanito? De pronto se le ocurrió una idea: le compraría el aparato, se lo daría para que estuviese contento cuando le anunciase el nacimiento y, unos días más tarde, se encargaría de que el dispositivo desapareciese o dejase de funcionar. Sonrió ante la pulcritud de su idea.
–Muy bien, Colton, me has convencido. Voy a comprarte el aparato, pero –levantó la mano para sofocar el arrebato de júbilo de su hijo–, como has dicho, ganarás ese dinero y me lo devolverás poco a poco.
–¡Sí, mamá, sí! –gritó, lanzándose sobre ella y besándola–. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Bien! ¡Eres la mejor madre del mundo entero!
–Ya… Ahora lo soy…
Llegaron en seguida a la tienda. El vehículo, de conducción automática, se aparcó donde mejor pudo, en segunda fila, y Arina decidió que su hijo se quedase en él para evitar una multa en caso de que pasase algún vigilante.
Él hubiera preferido entrar con ella, pero obedeció sin rechistar y se quedó allí dentro.
Desde su asiento la siguió con la mirada, emocionado, con una enorme sonrisa iluminando su rostro. La vio mientras entraba en la tienda, y también podía verla en su interior, mientras era atendida por el vendedor, que parecía amable, aunque era uno de esos feos y grandes bumirians que la gente del país tanto odiaba.
Continuaba mirándola, con su frente apoyada contra el cristal de la ventanilla, mientras ella sostenía y estudiaba una pequeña caja, cuando alguien cruzó corriendo por la puerta de la tienda y lanzó un paquete al interior de esta que explotó con un ruido ensordecedor, convirtiendo a Arina en una tea gigante.
Los ojos del niño contemplaron desorbitados cómo el bulto que debía ser su madre caía y se retorcía en el suelo, envuelto en llamas. Sin darse cuenta de lo que hacía, Colton salió del coche, enmudecido y horrorizado, y corrió los pocos metros que le separaban de la tienda, pisoteando los cristales que la explosión había disgregado por la acera, dispuesto a lanzarse al interior de la tienda. Pero al sentir el abrasador fuego sus brazos se levantaron protectoramente y su cuerpo se echó hacia atrás. Sin embargo, él debía entrar, necesitaba entrar, debía hacer algo, aunque solo fuese morir junto a su madre, mas el calor insoportable y la aterradora furia de las llamas impedían que su cuerpo obedeciese el mandato de su cerebro.
Antes de que alguien le apartase del fuego, Colton permaneció allí unos momentos más, con las llamas rojas reflejándose en sus iris azules, clavados en el bulto de su madre, que se vislumbraba entre ellas, agitándose mientras se calcinaba. Petrificado, incapaz de gritar o moverse, sentía, en toda su fuerza, el horror causado por una idea cruel que acababa de nacer e instalarse en su cerebro, dispuesta a permanecer en él para siempre, repitiéndole hasta el fin de sus días: “Ha sido culpa mía. Ha sido culpa mía. Ha muerto por mi culpa”.

Colton acababa de vomitar de nuevo, y le estaban conectando la muñeca a una botella de suero. Le habían sentado en una butaca de mimbre, junto a la fuente del jardín. Allí, con la mirada perdida, estando sin estar, había pasado las dos últimas semanas, en un ensueño interior. Desde la distancia, un hombre joven, demacrado, con los ojos hinchados y enrojecidos, le estaba observando. Junto a él, un médico le transmitía el parte sobre el estado de su hijo, prácticamente invariable desde que fue ingresado, con expresión nada esperanzadora. Colton no estaba siendo capaz de superar su estado de shock. Su comunicación e interés por el mundo exterior eran prácticamente nulos. Tenía problemas con la ingestión de alimentos sólidos. Sufría frecuentes crisis de llanto, pero se negaba a hablar de su experiencia con los terapeutas.
–Me dijo usted que mejoraría –murmuró Taguer, mientras contemplaba el lejano cuerpo de su hijo, inmóvil y ausente–. Me dijo que era cuestión de tiempo.
Taguer acabó esa última frase con una exhalación parecida a una risa triste e irónica que llamó la atención del médico, quien opinaba que el estado del padre de su paciente era casi tan severo como el de aquel, pero no había sido capaz de convencerle para obtener ayuda.
–Colton ha sufrido un grave trauma, señor Kelsier. Diferentes personas reaccionan de forma muy distinta ante una misma tragedia, y la mente de un niño es aún más delicada e impredecible que la de un adulto. La psicoterapia por sí sola es inútil, sin embargo, como ya le indiqué anteriormente, si autorizara el empleo de inhibidores de la histona deacetilasa como coadyuvantes, sería más fácil conseguir que su cerebro lograse reemplazar esos recuerdos traumáticos por otros nuevos. Soy consciente de que no es necesario que le explique estas cuestiones pero…
Dejándole con la palabra en la boca, pues ni siquiera le prestaba atención, Taguer echó a andar en dirección a su hijo, y, tomando una silla por el camino, se sentó a su lado y le cogió las manos. Colton clavó en sus ojos una mirada aterrada y estalló en lágrimas, como cada vez que su padre le visitaba.
Taguer esperó unos minutos hasta que el llanto se redujo a hipidos nerviosos. Con las manos del niño entre las suyas, le susurró tiernamente:
–Nos vamos a casa, hijo.

Taguer había echado de menos tener al niño en la casa triste, oscura y vacía que antes fuera un hogar bendecido con una felicidad que quince días atrás parecía inquebrantable, y hoy, irrecuperable.
De regreso con su hijo, le había duchado, le había ayudado a comer una cena ligera y luego le había llevado a la cama. Todo ello había ido mejor de lo temido. En su compañía, su capacidad motriz permanecía intacta, su comprensión y respuesta a los estímulos era adecuada, y no necesitaba excesiva ayuda a la hora, por ejemplo, de vestirse. Había colaborado en cada situación, mantenido algún breve contacto visual –aunque fuese con mirada huidiza, triste y asustada–, e incluso pronunciado unas pocas palabras. Como era de esperar, también había mirado aquí y allá con ojos vacíos y petrificados, probablemente recordando a su madre, pero Taguer estaba contento con su resolución de sacar a su hijo de la clínica. Concluyó que había sido un error ingresarle pues en las pocas horas que llevaba en casa había hecho notables progresos. Sin duda debía permanecer con él.
Su dolor se aplacaría con el tiempo. O eso decía la gente. Eso habían dicho Arina y él al exponer su proyecto a la junta directiva de Gequimarts nueve años atrás. “El tiempo todo lo cura, ¿no es cierto? El dolor se hace progresivamente más llevadero, más soportable. Ya sea tras la muerte de un ser querido o tras una ruptura sentimental necesitamos tiempo para recuperarnos. Suena lírico, pero no se trata más que de un simple y básico proceso mental. Como cualquier otra herida, puede sanar más rápido si le ofrecemos la ayuda adecuada. ¿Y si estuviese en nuestras manos saltarnos ese tiempo de luto, ese tiempo amargo y estéril, disipando los recuerdos pero no borrándolos, al igual que lo hace la naturaleza? Si consiguiésemos el efecto del paso del tiempo sobre nuestras emociones evitando los terribles efectos que el dolor causa a largo plazo…” Tenía gracia que ni él ni, seguro, Arina, hubiesen pensado que alguna vez uno de ellos sería víctima de un sufrimiento tan insoportable que ni el tiempo parecía llegar a aplacar, que uno de ellos sería el destinatario perfecto de la pequeña fórmula mágica. Tenía gracia que el resultado de su investigación, una pastilla de color rosado y sabor dulzón, se hallase en el tarro que sostenía su mano en aquel momento, recién extraído de su maletín; que Arina, alma y madre de aquel remedio, fuese la razón de que él se dispusiera a tomarlo. Debía hacerlo si quería mantenerse en pie para ayudar a su hijo; debía haberlo tomado muchos días atrás. El fármaco aún no estaba a la venta pero los trámites para su aprobación habían sido iniciados. La campaña de marketing lo presentaría como una especie de micro máquina del tiempo sin los perjuicios de aquella, exactamente como Arina y él habían hecho. Entre ahora enfermo de dolor, salga en ocho horas con un sereno recuerdo.
El tiempo, ni amigo ni enemigo. Una simple dimensión, manipulable de distintas formas, al servicio de la humanidad. Los pensamientos de Taguer vagaban con nerviosismo, presa de ansiedad, temblores, y de esos deseos de vengarse o de poner fin a todo que le asolaban desde que Arina se fue. Habría dado cualquier cosa por ajusticiar personalmente al terrorista que la asesinó, a todos los malditos terroristas que poblaban la Tierra.
Pese a lo sucedido, el terrorismo y la violencia contra los baratnis apenas afectaban a su ciudad, pero esto era solo debido a que la persecución de años había acabado con la huida de la mayoría de ellos. Pero los más rebeldes se negaban a marcharse, como el dueño del comercio donde Arina había tenido la infeliz idea de entrar. Un hombre que se dedicaba a la importación de la prestigiosa y avanzada tecnología fabricada en Felsia, nación poblada casi exclusivamente por baratnis. El dominio tecnológico llevaba aparejado el dominio económico, algo que la cúpula dirigente bumirian no estaba dispuesta a permitir.
En la actualidad, el poder se alimentaba de dos gigantescas industrias: la tecnológica, liderada por los intelectos baratnis, y la química, cuyos máximos beneficios se obtenían de las drogas de recreo y de los medicamentos adictivos, en manos de bumirians faltos de escrúpulos y dirigida, fundamentalmente, a bumirians faltos de cerebro. Gequimarts sacaba partido, a decir de Arina y de Taguer, tanto de los enfermos como de los idiotas, y eso la había convertido en un imperio mundial.
Por enésima vez en los últimos días, Taguer, con el fruto de la existencia de su esposa en la mano, pensó que librarse del dolor que sentía era librarse de ella. Una afrenta, una traición. Reflexionó, también por enésima vez, sobre lo absurdo de aquel pensamiento, que contradecía la razón de nueve años de esfuerzos conjuntos con su esposa y los entregados miembros que conformaban su equipo. Pero era cierto que el recuerdo de Arina se haría lejano, su figura, borrosa, su voz, confusa. Se opacarían los brillantes colores de las escenas felices, se perderían los pequeños momentos, los matices, y todo ello sería sustituido por una cálida bruma, una memoria lejana y amable de alguien a quien se amó y nunca nos dejará del todo, que quizá se haría más potente de tarde en tarde, en las fechas señaladas, cuando quizá le asaltasen las lágrimas con un inesperado sentimentalismo dramático. Quizá, era pronto para saberlo, demasiado poco después, incluso eso se perdería, se olvidaría, permaneciendo solo su esencia, integrada en su propio ser. Lo que sí era seguro era que, ocho horas después de ingerir la pastilla, el recuerdo de su esposa resurgiría ya solo de cuando en cuando, con la potencia con que lo haría dos años después de su pérdida. Dos años después, tal era el nombre con que Arina misma había bautizado el remedio, entre risas, en la intimidad de su dormitorio, y también, finalmente, sería su nombre comercial.
Dos años después, pocas horas después, tendría que conformarse con la esencia de Arina. Habría olvidado las conversaciones de los días pasados, el sentir de su tacto sobre su piel, el tono exacto de sus ojos…
Se duchó y se preparó para acostarse. Cogió un vaso de agua y lo depositó sobre la mesilla, junto al frasco de Dos años después. Era preciso dormir ocho horas para que la píldora hiciese su efecto. Además, el sueño no debía ser interrumpido una vez ingerida; podía causar amnesia y otros daños. A la mañana siguiente podría continuar con su vida, podría dispensarle a su hijo la atención y cuidados que necesitaba y merecía. De sobra sabía que Arina le habría reprochado su indecisión, la tardanza en tomar la cura que ella misma había concebido, sin saberlo, para él. Taguer estaba convencido de ello. Sin embargo, se tumbó en la cama con la intención de conceder una última despedida a sus sentimientos, de escuchar por última vez su voz, de echar un último vistazo a los momentos que pronto se nublarían, y, sin pretenderlo, víctima del agotamiento nervioso que soportaba, cayó dormido.
No se despertó cuando, tres horas más tarde, penetró en la habitación la silueta sombría del pequeño Colton, que acababa de vomitar en el baño.
El niño se acercó a la cama y observó en silencio a la figura durmiente. Junto a ella, sobre la mesilla, llamó su atención un gran frasco cuyo logotipo era capaz de identificar aun en la oscuridad. Las pastillas prohibidas, las peligrosas, las que su madre había calificado de veneno, de armas mortales. ¿Cuántas sería preciso tomar para conseguir morir? Cogió el bote para sopesarlo, con cuidado de no hacer ruido. No pesaba como si estuviese lleno del todo, pero sí al menos hasta la mitad. Quizá fuesen suficientes. Salió de la habitación con sigilo, evitando que las pastillas sonasen al chocar en el frasco, y se fue a la cocina en busca de agua para ingerirlas. Cogió un vaso de un mueble sobre la encimera, sacó una botella de agua de la nevera, y se sentó a la mesa, donde abrió el bote y esparció las pastillas. Se decepcionó. No había más que diez. Quizá fuesen potentes porque eran muy grandes. Las tomaría todas, se iría a la cama y, con suerte, nunca despertaría.

Cuando Taguer despertó, cuatro horas más tarde, preparó el desayuno y en seguida fue a despertar a su hijo. Lo encontró tan profundamente dormido que no solo no respondía a sus llamadas, sino tampoco a las sacudidas. Preocupado, Taguer le tomó el pulso y, al comprobar lo débil que era, presa de pánico, llamó en busca de ayuda.
Colton sufría un coma profundo cuando llegó al hospital, y permanecería sumido en él durante los siguientes diez años.