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Fragmento de Misterio en el Nilo | Ángeles Goyanes

Fragmento de Misterio en el Nilo

Misterio en  El Nilo

  Ángeles Goyanes


Capítulo 1

 Quien ha contemplado las estrellas a solas sobre la cubierta de una nave en el Nilo, sabe que no hay espectáculo comparable al abrazo del firmamento derramándose a tu alrededor con sus luces escintilantes. Desde allá arriba, la gran diosa Nut parece posar sobre sus hijos su mano gigantesca, como una madre que hace sentir a su bebé su presencia protectora. Nada puede situarnos en comunión con el universo de mejor forma. Nada puede ofrecernos más paz ni hablarnos con mayor elocuencia acerca de nuestra inmortalidad, de todas las cosas que existen, aunque aún no nos sea dado conocerlas.

Es por esto que me desperté un poco antes de lo necesario y subí a fundirme con la bóveda infinita, tomando fuerzas de ella antes de emprender la visita a Karnak con mis estudiantes.

Tenía mi lugar favorito, protegido del viento pero sin obstáculos visuales, y allí me senté, en calma absoluta, entre las cuatro y las cuatro y media de la madrugada del jueves. Permanecí un rato disfrutando de la calma absoluta y luego, renuente pero obligado, me levanté, y, a modo de despedida, me asomé por la borda y contemplé la luna reflejándose en las plácidas aguas oscuras.

Nada lo presagiaba en aquel momento, pero, exactamente en aquel mismo punto, cuarenta y seis horas más tarde, estaría a punto de arrojar el cuerpo de un hombre a las quietas aguas del Nilo.

¿Quién soy yo? Desde luego, nadie que hiciese sospechar los sucedido: un profesor de arte de veintiséis años sin mayores tendencias homicidas que las que pueda sufrir cualquier provinciano afectivamente sano, profesional y económicamente satisfecho, culto, practicante de yoga, con un selecto grupo de buenos amigos y considerable sentido del humor.

Imparto clases en un colegio bilingüe andaluz, en una zona donde los nuevos ricos han florecido al mismo ritmo que los cultivos bajo plástico. Mis alumnos, un grupo de veinte híper hormonados de ambos sexos, están en la peor edad, dieciséis o diecisiete años. Sin embargo, les manejo bien (o ellos a mí) y por eso me escogieron como acompañante en su viaje de fin de curso.

Nuestro colegio es de esos de los que fácilmente podría extraerse el guión para una serie juvenil provista de todos los ingredientes para convertirla en un éxito, incluido un secuestro efectivo y tres abortados. Se halla enclavado en un valle reseco de difícil acceso, en medio de montañas de considerable altura. Los alumnos, con el escudo del colegio bien visible en los uniformes, consiguen llegar a él gracias a los autocares que recorren la carretera llena de curvas, estrecha y al borde de un precipicio, dos veces al día. Comen todos en el colegio, pues no existe otra opción, y según el horario asignado a los profesores, muchos corremos la misma suerte.

He impartido clases a este mismo grupo que me acompaña durante dos años. Debido a mi edad, me fue fácil adoptar la pose de coleguilla y hacerme con ellos en poco tiempo. También es cierto que, para los tiempos que corren, son bastante educados, y además, por qué negarlo, soy un buen profesor y me las apaño bien a la hora de hacer las clases amenas y mantener su interés. Cuando un docente se siente apasionado por su asignatura, siempre logra transmitirlo.

Así pues, ajeno todavía a las facetas más oscuras de mi personalidad, descendí a la cubierta inferior bajando con cuidado los escaloncitos metálicos, que se hallaban muy húmedos y resbaladizos, y recorrí el pasillo hasta mi espacioso camarote doble de uso individual.

Teníamos reservados once camarotes dobles que me había ocupado de asignar a parejas de igual sexo, para desconsuelo de algunos y algunas. Una de mis misiones durante el crucero era, según solicitó la madre de una de las alumnas durante la última junta de padres, y en palabras textuales: “Cuidar la virginidad de las chicas”.  (He oído que por aquí hay lugares donde realizan la reconstrucción del himen, tal vez se refiriese a eso).

Cargado con una pequeña mochila donde llevaba una guía, el agua y ese tipo de cosas con las que cargamos los turistas, me encaminé a la recepción a las cinco menos cuarto de la madrugada, donde ya estaban mis alborozados estudiantes, y también otras personas que formaban parte del grupo de treinta personas que la agencia de viajes había creado, y que íbamos a compartir un mismo guía.

En aquel momento fue cuando la vi por segunda vez.

Marcos, uno de mis estudiantes, me dio un golpe en brazo y me preguntó:

–¿No es ésa la escritora Natalia Asensi?

Me giré hacia donde él miraba y al instante vi los ojos negros de la ganadora del Libro de Oro clavados en los de nuestro guía. Ella y sus acompañantes, dos hombres y otra mujer, acababan de entregarle la documentación.

–Eso parece –le respondí, ocultando el entusiasmo por mi suerte.

Unos meses atrás, Natalia me había firmado su libro “La aurora y el crepúsculo”, en una librería sevillana. Ella ni se acordaría, pese a que yo había cometido la chiquillada de trasladarme desde Almería hasta Sevilla solamente para verla un instante. ¿Qué pensaría de mí de saberlo? ¿Que era un fan patético más crío que mis alumnos, una amenaza para la felicidad de su viaje? No quería ni pensarlo. Al instante me juré no dejarle ver que sabía quién era. Si llegábamos a cruzar una palabra no sería yo quien iniciase la conversación. A no ser el último día del viaje. En el momento de la despedida, cuando ya no fuese a sentirse amenazada por la presencia de un fan histérico a bordo, tal vez le preguntase por su próxima obra.

Desvié la mirada, pues tan poco quería que sus acompañantes me pillasen observándola con aquella fijeza. Estos eran dos hombres y otra mujer. Me pregunté si alguno de los dos jóvenes sería su novio. Uno de ellos tenía buen aspecto, el otro parecía un alfeñique.

Pronto estos pensamientos se disolvieron en medio de la avalancha de preguntas que me lanzaba el corrillo de alumnos que empezó a formarse a mi alrededor. ¿A qué hora volverían al barco? ¿Qué harían por la tarde? ¿Cuándo debían reconfirmar los vuelos de vuelta? ¿Era peligroso beber el agua en Egipto? ¿Había cocodrilos en el Nilo? ¿Era verdad que había que levantarse a las cuatro de la mañana si se quería visitar Abu Simbel? ¿Cuánto costaba la conexión WIFI? Por el amor de Nut…, eran agobiantes. Les dejé claro que tales preguntas debían hacérselas a Hassan, el guía, y no a mí, el garante de la virginidad cuya única misión consistía en proteger el himen de las féminas. Se partieron de risa.

Por fin, Hassan nos indicó que había llegado el momento de la partida. Mis chicos lo pasaron de miedo atravesando la estrecha y temblorosa pasarela metálica con agarraderos hechos con cuerdas de tender la ropa. Luego anduvimos unos metros y, en seguida, nos encontramos dentro del templo de Karnak.

Era mi segundo viaje a Egipto y me gustaba poder contemplar sus miradas vírgenes (ninguno de ellos tenía otra cosa en ese estado) maravilladas frente a la grandiosidad de Karnak.

La primera vez resulta inolvidable, aunque el espectáculo no había perdido para mí un ápice de estremecedora majestuosidad.

Mientras esperábamos a que Hassan se pusiera de acuerdo con el guía local que nos haría la visita, levanté la vista al cielo. Amanecía en el templo de Karnak. Durante unos minutos, los dos ojos de Ra compartían el firmamento. En lo alto, la sobria palidez de la luna creciente se difuminaba ante mis ojos, mientras, volviendo la mirada al horizonte, enmarcada por las elevadas columnas del templo, la gigantesca bola de fuego emergía del vientre de Nut con fascinadora magnificencia. Abajo, sobre la tierra que yo tenía la fortuna de estar pisando, las amarillentas luces de los focos ascendían como abanicos por las paredes y columnas de color papiro.

El grupo, silencioso y aún adormilado, ya se había congregado alrededor del guía del templo. Una treintena de caras ojerosas, adormiladas, casi ausentes. Me uní a ellos.

El hombre comenzó sus explicaciones. Era egipcio, pero hablaba un español casi perfecto. Ponía el alma en lo que decía, haciendo que la imaginación de uno se colmase de vida, de aventura, de emoción, al evocar las antiguas historias de los dioses. Veía el templo en su plenitud, lleno de la alegría y colorido prestados por las vivas pinturas que todo lo cubrían, el lago sagrado rodeado de cuidadísimos jardines por los cuales pasearían al atardecer los sacerdotes dedicados al culto de la tríada y realizarían sus ritos nocturnos. Amón, Jonsu y Mut, la tríada tebana a cuyo culto se había dedicado aquella inmensa construcción que los ilusos turistas aspirábamos a conocer en una excursión de menos de dos horas; un kilómetro y medio de largo por ochocientos metros de ancho. Mito tras mito, historia tras historia narrada en un bosque de columnas. Y apenas tiempo suficiente para advertir la grandeza, para intentar orientarse en tan vasta dimensión.

El guía hablaba y hablaba a un auditorio robotizado que dirigía la mirada a donde él señalase. Arriba a la derecha, allá en el centro, un poquito a la izquierda…, y las cabezas iban y venían intentando en vano ver lo que él indicaba. No había tiempo para nada, ni siquiera para pararse a sacar las anheladas fotos, menos aún para las cámaras de video. Si alguien se demoraba más de lo que él imponía perdería la siguiente explicación, cuando no el barco. El horario debía cumplirse imperativamente. La nave no podía demorar la partida del muelle un solo minuto, ni siquiera por el grupo entero. Otros barcos esperaban para anclar en su puesto. Si alguien se perdía, Hassan no podría, aunque quisiera, perder tiempo buscándole.

Así es el turismo de masas del siglo XXI; muy distinto al señorial placer descrito en las novelas de Agatha Christie.

Tiempo después, noté como la viveza descriptiva del guía descendía y dejaba de insuflar entusiasmo para recitar una especie de lección aprendida, a la vez fascinante y tediosa: “La parte más extraordinaria del templo es sin duda esta imponente sala hipóstila, con sus ciento dos metros de ancho, sus cincuenta y tres metros de profundidad y sus ciento treinta y cuatro columnas de veintitrés metros de altura cuya decoración revelaba el nombre de las divinidades a las que el faraón consagraba ofrendas. Los capiteles en forma de papiros abiertos tienen en la cumbre una circunferencia de casi quince metros y podrían dar cabida a unas cincuenta personas. Durante la XIX dinastía, ochenta y una mil trescientas veintidós personas entre sacerdotes, guardianes, obreros y campesinos trabajaban para el templo de Amón. Varios faraones se sucedieron en la realización de la sala hipóstila: Amenofis III mandó erigir las doce columnas de la nave central que sostienen los arquitrabes; Ramsés I dio comienzo a la decoración, que fue continuada por Seti I y Ramsés II.”

Mis alumnos recorrían la sala con su atónita mirada intentando comprender y confirmar visualmente los datos y, en vano, retenerlos en la memoria. El número de las columnas, ciento treinta y ¿cuántas?, el alto de las columnas, dijo veintialgo, cincuenta personas caben allá arriba, pues no lo parece, dinastía ¿XIX?, ¿Qué faraón mandó hacer qué? Se hallaban sólo en el comienzo de una constante que se repetiría a lo largo de todo el crucero, aunque el interés por no perder palabra fuese desmayando conforme aumentaba el empacho de dioses, tumbas y jeroglíficos.

Llegados al lago sagrado, el guía nos condujo cerca del vértice noroeste, donde se halla la enorme figura del escarabajo que representa a Jepri, el sol de la mañana, y nos dejó tiempo para dar a su alrededor las tres vueltas que nos garantizarían la realización de un deseo. Ante tan mágica promesa, mis alumnos parecieron resucitar y empezaron todos el periplo en torno al gigantesco bicho, entre risas y chascarrillos. No hay turista que se resista a los rituales mágicos ni nada que nos provoque mayor alegría que una estatua a la que besar, un hueco mágico donde meter la mano, unos azulejos encantados sobre los que saltar o una efigie poderosa a la que dar vueltas. Era justo lo que necesitaban para acabar de despertarse, ahora que ya era plenamente de día.

 Yo me quedé mirándoles, sacando fotos o video a los que me lo pedían.

Durante ese rato tuve ocasión de observar al resto de miembros de nuestro grupo.

Una simpática pareja de avanzada edad a la que encontraba agradable, y una mamá de estupendo aspecto que viajaba con sus dos hijos: un niño de unos doce años y un adolescente uno o dos años menor que mis alumnos. Ella, que se llamaba Amanda, tendría unos treinta y cinco años. Me imponía verla al mando de sus hijos. Su autoridad y personalidad firme y segura me hacían sentir torpe y avergonzado. En aquel momento Amanda y su hijo pequeño recorrían las tres vueltas mientras el mayor les inmortalizaba con un diminuto modelo de cámara de video digital. Como a todos en aquel grupo, se les veía pudientes, e incluso para caminar por las ruinas, Amanda había vestido a sus repeinados hijos con pantalones y camisetas de marca.

–¡En el sentido contrario a las agujas del reloj! –grité a un par de mis alumnas.

No me había dado cuenta de que Natalia y sus amigos venían unos pasos tras ellas. Me miró y, mientras cambiaba de sentido dándose de bruces ellos, agitó una mano sonriente y me dio las gracias por la corrección. Lo admito: noté un súbito ardor en las mejillas. También vi confirmado que no me recordaba en lo más mínimo. Para entonces yo ya había averiguado cuál de los dos chicos era su novio. Para mi pasmo, el alfeñique con dientes de roedor y nariz de águila. No parecían vivir una luna de miel, eso era cierto, pero había observado cómo él la cogía de la mano sin que ella pareciese ni enterarse. Formaban una horrible e insólita pareja. Él tendría más o menos unos treinta años, como Natalia. Lucía unas entradas más que incipientes y una antipática expresión en la que dominaba un constante rictus de desagrado. Era delgado, delgado aunque flácido, pues la suya era una delgadez causada por la ausencia total de músculo, y de insignificante estatura (a Natalia, que mediría algo menos de un metro setenta, la llegaba por las cejas). Me pregunté, con asco y envidia, qué haría una escritora famosa con un esperpento así. Supuse que probablemente sería un intelectual o un artista. Alguien de profundas cualidades y talentos escondidos a quien podía perdonársele semejante apariencia.

Natalia, abierta, espontánea y muy simpática, hablaba con todos los que se cruzaban por su lado. No le faltaba una palabra que dirigir a ningún compañero de viaje. Parecía una persona afable y afectuosa, difícil de enfadar. Aproveché para observarla con detalle mientras charlaba con una de mis alumnas al finalizar sus vueltas al escarabajo. Estaba algo rellena, pero era de carne firme, quizá trabajada en gimnasio. Tenía el pelo negro y largo, y lo llevaba recogido en un moño informal que sujetaba con una pinza de color rojo, a juego con su camiseta. Sus ojos eran del tipo que hechiza a cualquiera. Con las cejas rectas, anchas, muy tupidas y oscuras, y la mirada enigmática, muy profunda, que dirigía sin timidez a quien le placiese.

–¡Muy bien! –exclamó nuestro guía al tiempo que daba unas fuertes palmadas–. Señoras, señores, ¡nos vamos!

El grupo, lentamente, se arracimó a su alrededor. Nos indicó el camino a tomar mientras comprobaba que los rezagados echaban a andar. Me miró con elocuencia al ver que tres de los míos se hallaban charlando con Natalia, haciéndole caso omiso. Me vi obligado a llamarles la atención con suavidad. Me hicieron caso sin siquiera mirarme, como un perro que escucha un silbato lejano. Natalia pasó a mi lado, casi rozándome con la mochila en la que estaba introduciendo la cámara de fotos, y me clavó una mirada profunda.

Era el día más intenso en visitas de todo el crucero y por la tarde cruzamos a la orilla oeste del Nilo. Allí vimos los Colosos de Mennon, el templo de la Reina Hatshepsut y el Valle de los Reyes. Por la noche estábamos agotados.

Hassan me invitó a cenar en la mesa de los guías y la tripulación, en lugar de con mi jauría, y acepté encantado. En la mesa corrió el vino más que un banquete romano –todos ellos eran coptos–, y la naturaleza humana, ajena a razas a religiones, dio rienda suelta a sus temas de siempre.

–Ellas vienen de viaje, rompiendo con toda la rutina de sus vidas, no en busca de un príncipe azul que las aburra durante toda la vida –me explicaba Hassan con los ojos brillantes– sino de aventura, de transgresión, de mandar a la mierda las convenciones, de un polvo rápido una noche y otro a la siguiente. Créeme, es así. Hablo por experiencia propia. Llevo mucho tiempo como guía y me conozco todos los camarotes. Ya me entiendes. Ja, ja, ja. –Se acercó a mí hasta una distancia discreta y confidencial y, lanzándome su aliento alcohólico de forma tan insoportable que no pude mirarle de frente, continuó–: Amanda, la madre cachonda, va a ser mi polvazo de este viaje. Los árabes somos especialistas interpretando la mirada, y, ¿sabes lo que dice la suya? Dice: “Busco chulo que me folle con urgencia para hacerme olvidar y sentirme deseada”.

Como no podía volver la cabeza hacia él, so pena de caer ejecutado por su hediondez, me limité a añorar la compañía de mis muchachos, cuyas risas sanas, limpias y sinceras inundaban en aquel momento el comedor.

Me distraje un momento con mis pensamientos, y, cuando mis sentidos regresaron a la conversación, me di cuenta de que una de mis alumnas estaba siendo su centro. Se trataba de Marina, una chica muy tímida que resultaba exuberante sin pretenderlo, pero que para mí era sólo una niña a la que tenía un particular afecto por su inteligencia y su sencillez.

Como suele decirse en las novelas, les miré con los ojos llameantes. A veces me gustan las notas dramáticas, sobre todo cuando van a favorecer un distanciamiento de elementos indeseables, así que, no pudiendo soportar más a la caterva de apestosos borrachos, me puse en pie echando hacia atrás la silla con todo el ruido que pude y les espeté a todos:

–Estáis hablando de una chica que además de tener sólo dieciséis años es una clienta a quien deberíais guardar respeto, especialmente en presencia de quien en este momento es su tutor legal.

Aguardé unos instantes en espera de unas disculpas que no tardaron en llegar. Fueron pura comedia, claro. Simplemente, no les convenía que me quejase a su agencia.

Luego, me acerqué a las dos mesas que ocupaban mis chicos e intercambié impresiones con ellos. Algunos ya habían terminado y me pidieron que les acompañase a la cafetería. Yo ardía en deseos de tumbarme en el silencio de mi camarote, pero me dio vergüenza admitirlo ante aquella explosión de juventud en la que no parecían influenciar el cansancio ni la falta de sueño, y acepté acompañarles.

Pese a que no había muchos, se detuvieron en todos los comercios a su paso, especialmente en la tienda de camisetas, donde estuvieron encargando que bordasen sus nombres en caracteres egipcios. Yo me aburría y me puse a hablar con el hijo pequeño de Amanda, que estaba revolviendo la ropa colgada de una de las barras que había en el exterior de la tienda. Tal vez fuese mi puerta para ligarme a su madre.

–Hola. ¿Cómo te llamas? –le pregunté torpemente.

El niño me miró con seriedad y extrañeza, como si no estuviera acostumbrado a que ningún desconocido se dirigiese a él, ni encontrase natural que ocurriera.

–Jaime –respondió el chico por fin.

Manteniendo una sonrisa forzada y tratando de impostar una voz de colega que le salía algo quinqui, continuó tratando de hacerse su amigo.

–¿Qué estudias, Jaime?

Probablemente no hubiese nada en el mundo de lo que menos le apeteciese hablar al crío en aquel momento, pero no sabía de qué hablarle, ni tan siquiera cómo dirigirme a él sin parecer ni demasiado adulto ni uno de esos idiotas que creen preciso disminuir de coeficiente intelectual para hablar con un niño.

Jaime miró al entrometido adulto con sus enormes ojos verdosos. Se parecía mucho a su madre. Era un niño muy guapo, con un rostro amplio de piel dorada, cabello rubio y una nariz perfecta sobre sus labios encendidos.

–Primero de E.S.O –me contestó lacónicamente segundos después.

Sin duda había heredado la actitud de suficiencia y distanciamiento de su progenitora.

Desistí pronto en el intento de ser su amigo. Comprendía que sería tiempo perdido. Si de algo estaba convencido con respecto a los niños era de que, como los perros, poseían un instinto para juzgar a las personas que las conveniencias sociales echaban a perder con los años. Jaime ya habría descubierto que mi actitud era hipócrita.

 

Capítulo 2

Amaneció sobre el Nilo. Era el segundo día de crucero.  Me levanté a las siete. En realidad, no habría sido preciso tanto madrugar. Todo el grupo sería despertado a las ocho, para desayunar a las ocho y media y salir a las nueve. Simplemente me había despertado antes.

A mediodía, durante la comida, debía acordarme de recoger los pasaportes de mis alumnos para entregárselos a Hassan. Le eran necesarios para las reservas aéreas a Abu Simbel. Salvo incidencias, no debería preocuparme de nada más, pero, sin embargo, me encontraba algo inquieto. Por la mañana visitaríamos el templo de Edfu y después volveríamos a embarcar rumbo a Kom Ombo, cuyo templo visitaríamos al anochecer. En fin, otro día más de tranquilo turismo-ganado.

Partimos a la hora señalada sin que ningún pasajero se retrasara. Habíamos atracado en cuarta fila, de modo que tuvimos que atravesar otros tres barcos antes de salir a tierra. A las once y media habría que partir, sin un sólo segundo de retraso, de lo contrario se ocasionaría un serio trastorno a todos aquellos cruceros, que no podrían salir antes que ellos les dejaran vía libre.

Los coches de caballos que nos llevarían hasta el templo de Horus estaban parados junto al muelle. Fue una sorpresa agradable para mis chicos, y también para el hijo pequeño de Amanda, quien estaba maravillosa con la ligerísima camisa translúcida que vestía, una tela muy liviana con un dibujo de hojas verdes sobre un suave fondo amarillo que se agitaba con cada uno de sus movimientos, y a través de la cual se apreciaban con claridad sus bellas formas.

Los coches estaban tremendamente viejos y daban la sensación de ir a descomponerse en mil pedazos con la grava de la carretera. Además, parecían haber sido creados libres de cualquier protección que pudiese impedir frontal o lateralmente que el pasajero saliese despedido en caso de frenazo más o menos brusco. Era gracioso vernos asirnos con fuerza a cualquier saliente que se prestase a ello

Descendimos, casi todos con alivio, pocos minutos después. Yo, que había llegado en el primer carruaje, ayudaba a descender a mis chicas. Normalmente no solía hacerlo, pero esta vez lo había ido planeando durante el trayecto, así, en cuanto llegase, correría a ayudar a Natalia, que venía en el tercer coche, sin que pareciese un favoritismo que despertara las sospechas de alguien.

En su coche iban cinco personas: ella, su novio, Amanda y los dos hijos de ésta.

Tuve suerte, pues su novio fue el primero en bajar y, en lugar de ayudar a Natalia, se plantó como en espera de poder auxiliar a Amanda, que llevaba una bolsa grande y difícil de manejar.

El novio le tendió una mano a su hijo Jaime, que bajó riéndose de un salto, y luego a ella. Al inclinarse, su blusa se abombó permitiéndonos ver los pechos comprimidos en un sujetador de encaje de color salmón. Se percibía, incluso, la fragancia que emanaba de entre ellos, cálida, mezclada con sus más íntimos aromas. La visión duró largo tiempo, pues ella no lograba encontrar la postura adecuada para bajar, y noté que al novio de Amanda comenzaba a faltarle el aliento.

Los dos rieron cuando ella, finalmente, logró poner los pies en tierra firme, cogida de su mano. Pero luego, cuando el novio de Amanda levantó la cabeza para ayudar al hijo mayor, la expresión de odio con que se topó borró de un plumazo su risa. Borja, así se llamaba, rechazó su mano, y haciéndole apartarle con un gesto, bajó del coche sin dificultad, sin quitarle los ojos de encima, y con una voz susurrante pero acerada, le ordenó:

–No vuelvas a tocar a mi madre, subnormal. Ni te acerques a ella.

Confuso, sorprendido y avergonzado, el novio de Amanda no le sostuvo la mirada, sino que se dio la vuelta sin rechistar, olvidando que su novia aún estaba en lo alto del coche.

A ella no se le había escapado la escena. Me miró con la intensidad que solía, pero no quise hacer alusión a lo ocurrido y simplemente me apresuré a ayudarla.

Por primera vez tuve en mi mano la suya, pequeña y cálida, sensual y llena de vida, y aquel ínfimo acontecimiento supuso uno de los instantes más excitantes de toda mi vida.

Apenas le dio importancia a mi gesto y corrió reunirse con sus amigos mientras seguía con una mirada fría a su novio. Era evidente que no era la pareja más dichosa del mundo.

Me repuse de la emoción, sintiendo aún el tacto de su mano en mi palma, y me dispuse a encabezar a mis chicos.

El guía local dio sus explicaciones habituales en el interior del templo durante aproximadamente una hora y después dejó algo de tiempo para que los turistas tomaran fotografías.

–¿Te importa hacernos una foto?

La petición vino de Natalia, que con una mano me tendía una pequeña cámara digital mientras con la otra señalaba a su amiga. Quería que el fondo de la foto fuese la entrada del templo.

Qué ojos tenía. Tan negros que era imposible distinguir la pupila de la retina. No pude evitar contemplarlos largamente y con una fijeza que a mí mismo me resultaba extraña, y durante todo el tiempo que yo lo hice ella me sostuvo la mirada con tal intensidad que parecía querer hacerme penetrar en sus pensamientos.

–¿Dónde tengo que pulsar? –le pregunté.

Ella me lo indicó, y al coger la cámara nuestros dedos se rozaron. Natalia no disimuló que este mínimo hecho pasase desapercibido, otorgándole así una importancia que me llenó de sorpresa. Me clavó su mirada brillante con una suave sonrisa etrusca, seductora.

Hice a las dos chicas una decena de fotos con diferentes composiciones. Fotos rápidas, como si fuese un fotógrafo profesional y ellas las modelos. Al acabar, la amiga se alejó unos pasos.

–¡Voy a pedirle agua a Octavio! –gritó, acercándose al escuchimizado novio de Natalia.

 Ésta me cogió la cámara y permaneció a mi lado mientras comprobaba el resultado en la pantallita. Así que Octavio. Demasiado nombre para tan poco hombre.

Entonces percibí que Natalia se acercaba a mí mucho más de lo necesario, que su cuerpo se echaba sobre el mío. Busqué su mirada, pero no me la devolvió pese a que sabía que estaba allí. Fingía estar absorta en las fotos, pasando una tras otra. Tal vez era sólo una de esas chicas besuconas y pegajosas a las que les gusta toquetear a todo el mundo y abrazarse a los desconocidos. Parecía acostumbrada a ser querida, y a corresponder de la misma forma, con naturalidad, sin temor a expresar los sentimientos. Sea como fuere, yo percibía el calor que emanaba de ella, su blandura, y me pareció en extremo agradable.

–Te han quedado muy bien –me felicitó, levantando de nuevo su profunda mirada hacia mí y dejándola allí clavada mucho más tiempo del necesario, como solía.

 Parecía querer averiguar algo, extraer alguna información de mi cerebro, o quizá simplemente obtener algún dato que le indicase si yo me sentía atraído por ella, una mirada seductora quizá, o una dilatación de la pupila que en el caso de ella hubiera resultado imperceptible.

Me dio las gracias y se alejó hacia su amiga, dispuestas ambas a realizarse algunas fotos más en espera de la partida.

Me encontraba sonriendo distraídamente mientras contemplaba las posturas presuntamente faraónicas con que la escritora se hacía retratar, cuando Jaime se dirigió a mí en tono escandalizado.

–¡Mira a ese chico!

Con una mano Jaime se asía de mi brazo en demanda de atención, mientras con la otra señalaba hacia la gigantesca estatua de Horus, el dios halcón.

No tardé en ver lo que me indicaba. Octavio estaba apagando un cigarrillo restregándolo contra la estatua distraídamente, en tanto comprobaba en la pequeña pantalla de su cámara de vídeo las últimas imágenes que había grabado.

Hay cosas que no puedo tolerar. No son muchas, pero me hacen reaccionar de forma violenta. El vandalismo contra los monumentos que pertenecen a la humanidad es una de ellas.

–¡Eh!–exclamé de inmediato–. ¡EH! –grité.

Justo en aquel momento, Octavio arrojaba la colilla a unos metros de sí.

Algunos turistas de otras nacionalidades escucharon el grito y se volvieron para ver qué pasaba. Octavio mismo alzó la mirada y vio las miradas de la gente recayendo en mí y después, atentamente, sobre él.

–¿Quiere hacer el favor de recoger la colilla que acaba de tirar? –le exigí en tono autoritario y recriminador. Siempre trato de usted a la gente que me disgusta, no importa la edad que tengan–. Está terminantemente prohibido fumar en los templos, y, por supuesto, ensuciarlos arrojando al suelo cualquier género de porquerías.

Como no me había cercado a él, pronunciaba las palabras en un tono de voz muy elevado, como un actor sobre un escenario. Tras las primeras, los turistas se habían callado y nos prestaban atención, de modo que el infractor estaba siendo el centro de las miradas, e incluso los turistas que no hablaban español habían comprendido claramente lo que ocurría. Octavio me miró durante unos instantes con una ligera sorpresa que se transmutó de inmediato en una leve sonrisa burlona. Su rostro relajado contrastaba con el mío, ardiente de indignación. Pareció meditar una respuesta que intuí retadora. Pero entonces fue consciente de que Hassan y todo el resto de nuestro grupo estaba frente a él, observándole mudo y expectante, y la sonrisa mordaz se borró de su rostro transformándose en contenida irritación. Se acercó a la zona donde habría caído la colilla intentando localizarla en el suelo. Era preciso esforzarse para encontrarla pues, tan aplastada como la había dejado, pasaba desapercibida en el suelo de tierra. Tardó un poco en hallarla, se agachó, la recogió y la guardó en un bolsillo de su cazadora.

Algunas personas continuaron observándole todavía unos momentos, otras se dieron la vuelta no queriendo malgastar el escaso tiempo de que disponían para descubrir las maravillas del templo.

Octavio vio que Natalia sacudía la cabeza intercambiando miradas de repulsa con su amiga. Aun así, se dirigió directamente a ellas, que le esperaron para reprenderle, y echaron a andar cuando llegó a su altura. Natalia le susurró una palabra. A cierta distancia, en el movimiento de sus labios pude leer: “Idiota”. Octavio no respondió, continuó caminando con la mirada al frente, el cuerpo en erguida tensión y los labios apretados.

Yo aún no cabía en mí de indignación. No por la barbarie cometida, sino por el hecho de que Natalia hubiese escogido a alguien así como compañero. Descarté de plano que Octavio fuese el intelectual o artista que en un principio había supuesto. Era completamente imposible. Qué falta de sensibilidad, de educación, de respeto.

Le seguí con una mirada de odio y desprecio, imaginándole arrodillado y apresado por enormes grilletes justo en el lugar por el que ahora pasaba, un punto intermedio entre la estatua de Horus y la salida del vestíbulo templario, mientras era azotado con un látigo de cuero para escarnio público y sus gritos resonaban en cada uno de los monumentos de nuestro planeta.

–Menudo gilipollas ese tío –oí que decía Borja.

–Borja, no hables así –Amanda le reprendió en tono severo, pero bajo, comedido.

Estaban justo detrás de mí, por lo que Jaime, que regresaba de examinar los daños infligidos a la estatua, se dirigió a mí con el parte.

–¡Le hizo una quemadura! –me dijo gravemente–. ¡Me acerqué a ver a Horus y le ha hecho una quemadura en el ala!

–No te preocupes –le respondí, comenzaba a cobrar afecto a los dos hermanos–, es obsidiana, seguramente se quitará con la lluvia.

De vuelta a los coches de caballos, se produjo un nuevo número cuando Octavio se ofreció a ayudar a subir a Amanda.

–¡Que ya la ayudo yo, tío! –profirió Borja, interponiendo bruscamente su cuerpo entre él y su madre.

Borja era muy alto y robusto, de pecho amplio y fuerte, y recio cuello en el que ahora destacaban las venas y tendones, y su frase había ardido en las mejillas del escuálido Octavio como fuego de dragón. Borja tenía los puños apretados, y toda la tensión de su cuerpo, presto a la agresión, se reflejaba en la fiera expresión de su rostro incandescente. Octavio levantó hasta el pecho los brazos en instintiva reacción de autodefensa, seguro de que el otro le iba a atacar.

–¡Borja! –le amonestó Amanda–. No te preocupes, Octavio, muchas gracias. Ya me cogen la bolsa los chicos.

Yo estaba pasmado. ¡Vaya con el chico! ¡Menuda reacción! No era normal. No. En absoluto. Lo suyo era más fuerte que un mero temor a volver a casa con un joven padrastro, algo, por otra parte, que a ningún muchacho en su sano juicio se le habría ocurrido pensar. Debía padecer un grave complejo de Edipo o algo por el estilo. Observé que, ya aposentados en el carro, Amanda tenía su cabeza junto a la de él y, a juzgar por su expresión, le regañaba en voz baja. Jaime se había colocado esta vez en el asiento de enfrente, contra la marcha, y se había dado la vuelta para contemplar al caballo.

Me encontraba tomando un café escondido en un rincón del bar que servía de mirador de proa, pues tenía tiempo sobrado hasta que llegásemos a Kom Ombo.

Me hallaba relajado, inmerso en la contemplación de las aguas y las márgenes del río cuando unas irritadas voces vinieron a perturbarme.

–¡El niñato de mierda! ¡Me he quedado con ganas de cruzarle la cara!

La airada exclamación, llena de rabia, me llegó de estribor. Supe en seguida de quién provenía. No era muy buen fisonomista, pero jamás olvidaba una voz. Después escuché una risa.

–Mira –siguió profiriendo la misma voz, la voz de Octavio–, no me interesaba nada la coqueta mamá del enfermo ése, pero ahora, para que se joda, no voy acabar este crucero sin habérmela follado.

Su acompañante se rió de nuevo.

–Me sorprende que no la obligue a llevar un burka cubriéndole la cara –apuntó–. La verdad es que la mamá está mazo buena.

–Pero es una estirada.

Se hizo un silencio. Supuse que se encontraban apoyados sobre el cristal, mirando hacia el exterior. No me parecía, por la procedencia del sonido, que se hubiesen sentado. Rogué que no doblasen la esquina hasta donde yo me encontraba.

–¿Dónde estará ahora? –preguntó Octavio–. Imaginaba que a lo mejor habían venido aquí. ¿Habrán subido a la cubierta?

–Posiblemente sí. Salvo que se hayan quedado descansando en el camarote.

–La cubierta estaba muy concurrida ayer –comentó pensativamente–. Tal vez el hijo pequeño haya querido bañarse en la piscina. Mencionó durante la comida que se había traído un bañador. Subamos a ver.

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