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Relato – Mientras pueda escuchar tu voz | Ángeles Goyanes

Relato – Mientras pueda escuchar tu voz

Mientras pueda escuchar tu voz

 

Los timbrazos sonaban y Marta escuchaba con atención mientras hacía zapping con el mando del televisor, tumbada en el sofá despreocupadamente. Sin darse cuenta había dejado pasar más tiempo del habitual sin llamarles, inmersa en su agitada vida de joven estudiante en la capital. Estarían bien, seguro, pero se sentiría mejor en cuanto oyese el tono, fuerte y risueño, de la voz de su madre, al otro lado del aparato. Al fin y al cabo, sus padres ya contaban con una edad preocupante.

–¡Hola, princesa! –la voz sonó enérgica, animada.

–¡Hola, mamá! ¿Cómo estáis?

–Estamos los dos muy bien, ¿y tú?

Ahora tranquila, Marta le contó las pequeñeces sucedidas en los últimos días, desde que no hablaba con ella.

Dos o tres veces por mes, religiosamente, la joven se acordaba de llamarles. Era más a menudo, recién llegada a Madrid tres años atrás, pero, poco a poco, su necesidad de hacerlo había ido disminuyendo, convirtiéndose, a veces, en una molesta obligación. Aun así, no era como otros. Como su novio, Carlos, por ejemplo, que sólo hablaba con sus padres cuando estos le llamaban, y todavía les atendía malhumorado y con prisas. No. Ella no. Ella quería a sus padres. Eso sí: mientras se mantuviesen bien lejos. Porque, verles, no les veía desde hacía más de dos años. Una conversación de quince minutos estaba bien, era soportable, y, casi siempre, hasta agradable, pero aún podía recordar las discusiones con su padre y el aburrimiento que la había invadido durante la semana de su último viaje a Mallorca. Allí era donde ellos vivían. A buena distancia, ¡por suerte!, o no hubieran parado de visitarla en la casa que compartía con otras estudiantes, avergonzándola y metiendo sus conservadoras narices por todas partes.

–Yo, mientras pueda hablar con vosotros, estoy tranquila –les decía siempre–. Que no me falten las llamadas porque entonces me preocuparé. Y no tengo tiempo para preocuparme, ¡tengo mucho que estudiar!

Habitualmente, tras la conversación telefónica Marta se relajaba y al instante se olvidaba de ellos hasta la siguiente, pero esta vez no fue así. Sus tres compañeras se habían largado con sus familias (¡Maldita Navidad!), y a Carlos, como era guía de turismo, no le vería el pelo hasta pasadas las dichosas fiestas. Así pues, los efectos de una soledad que le era extraña comenzaban a hacer mella en su ánimo.

Como ya había sido establecido desde años atrás, sus padres no la habían invitado, ni preguntado si iría a verlos. Sabían que Marta era atea, que odiaba las religiones, todo cuanto implicaban y lo que las mantenía en pie, y las trifulcas del pasado les habían dejado bien claro que cualquier comentario alusivo a las Navidades terminaría mal. Sin embargo, esto no significaba que ella no pudiese presentarse en la casa para darles una sorpresa que les encantaría, independientemente de la fecha que era. Por tanto, tomó una resolución: llamaría de inmediato para reservar el avión, empacaría dos trapos, y se presentaría a la hora de comer del día siguiente, Fiesta del Sol, Saturnalia, o, como lo llamaban los curas, Día de Navidad.

Tuvo suerte y aún quedaban plazas en el avión, sin embargo, el vuelo sufrió un retraso y al aterrizar eran ya casi las dos de la tarde. Para evitar que empezaran a comer sin ella, no le quedó más remedio que llamar desde el taxi y anunciar su inminente llegada.

 El alborozo de su madre no tuvo límites; los gritos de alegría de su padre le llegaron potentes. Al colgar, Marta sonrió feliz por la decisión adoptada, lamentándose de su carácter y de las circunstancias que la impedían darles, a los pobres, tamaña alegría con mayor frecuencia.

Se bajó para abrir la verja de la finca y despidió al taxi, prefiriendo recorrer a pie, bajo la calidez del sol y de la suave brisa, los doscientos metros que la separaban de la casa. Todo seguía tal como lo recordaba: el impecable cielo azul, el frondoso pinar que ocultaba la casona de mirada indiscretas, el mar tranquilo a su espalda, por cuyas plácidas aguas discurrían los pequeños veleros, los aromas conjugados y frescos de la tierra y el mar, el alegre cantar de las aves. ¿Por qué no vendría más a menudo?, se preguntó. Porque, al poco tiempo, se respondió al instante, resultaba aburrido para su mentalidad juvenil e inquieta. Los padres estaban bien para unos pocos días; tres, cuatro a lo sumo. Infinitamente más molaban las salidas nocturnas con los amigos por los bares de Lavapiés, las risotadas con las compañeras comentando el ligoteo del finde o lo bueno que estaba el profesor de Patología, los momentos a solas con Carlos, y hasta los descansos entre clases tumbados en el césped de la facultad. Sus padres siempre estarían ahí, después de todo. Para eso eran sus padres. Ellos eran cosa segura, mientras que su juventud, que tan pronto pasaría para nunca más volver, debía aprovecharse a tope.

Feliz, con una amplia sonrisa imposible de contener, llamó al timbre, anunciando su llegada, al tiempo que abría la puerta con su propia llave.

El recibidor se conservaba como lo recordaba, con el viejo mueble de roble y la araña con pantallas de piel. Pero ellos no la habían oído.

Se adentró en la casa, en dirección a la cocina, donde, tras conocer su llegada, sin duda su madre se hallaría especialmente afanada en algún guiso. Cordero, probablemente. Y seguro que también pondría algunos entremeses. Marta sonrió anticipando el placer.

Pero la cocina estaba recogida, aunque extrañamente polvorienta, y su madre no se encontraba en ella.

La sonrisa dejó paso a una expresión de inquietud y desconcierto.

Avanzó por la casa, recorriendo una tras otra sus habitaciones, oscuras y abandonadas. ¿Dónde están?, se preguntaba. ¿Se habrán mudado a otra parte sin recordar avisarme?

Su bolso comenzó a vibrar, y, en seguida, sonó la melodía que identificaba a su madre. ¡Cabeza hueca! ¡Ahí estaba, para deshacerse en disculpas!

–¡Mamá! Pero, ¡dónde estáis metidos?

–¡Oh, cariño! ¡Qué guapa estás! ¡Y qué ropa tan moderna llevas! ¡Madrid te ha sentado bien! –exclamó su madre a través del auricular. Junto a su voz, superponiéndosele en su excitación, oyó también la de su padre, exhortando–: Pasa. Pasa al salón, nena. Pasa sin miedo, ¡que este año no hemos puesto ni árbol ni Belén!

Marta permaneció en silencio durante unos segundos, con el teléfono móvil clavado sobre su oreja.

–Muy graciosos –dijo, sin encontrar la menor gracia por ninguna parte. Y, mirando a su alrededor, entre la preocupación y el enojo, preguntó–: ¿Dónde demonios estáis?

Penetró en el salón. Se hallaba silencioso y vacío, inundado de aire enrarecido. Abrió ventanas y contraventanas, deseando que la luz solar invadiese el lúgubre interior. El trinar de los pájaros penetró en la habitación, acompañado de una oleada de aire puro.

El polvo, enseñoreado, todo lo emblanquecía: el aparador, con su bandeja plateada sobre la que estaban dispuestos los licores, acompañados de pequeños vasitos; la librería, con las figuras de porcelana y los otros objetos que la decoraban; la mesa de cristal, en cuyo centro se hallaban una vela desgastada y una taza que mostraba indicios de una infusión abandonada mucho tiempo atrás; el libro abierto bocabajo que descansaba sobre el sofá.

Súbitamente, la puerta del salón se cerró de golpe y el teléfono se cayó de la mano de Marta, que, sobresaltada, fue incapaz de ahogar un chillido.

Su corazón comenzó a palpitar, aterrada. Esto no era una broma. Era imposible. Se quedó paralizada en el vacío aparente de la habitación, mientras por su cerebro cruzaban toda clase de posibilidades que al instante eran descartadas.

El siseo que continuaba llegando a través del teléfono que yacía a sus pies la obligó a mirarlo. Invadida de una sensación de irrealidad y pánico, Marta se agachó lentamente, recogió el aparato y lo acercó a su oído.

 –¡… y le digo todos los días que haga el favor de airear –protestaba su padre–, pero ella nada!

 A lo que respondió su madre:

–Deja de quejarte por todo. Marta ya ha abierto la ventana, en seguida se renovará el aire.

A través del auricular escuchó los pasos de su padre, pasos cuya impronta vio grabarse en el polvo, en su trayecto desde la puerta hacia el aparador. Después, todo quedó en silencio durante unos instantes. Nada se oía por el teléfono, y tan sólo el lejano cantar de las aves avivaba el salón. Hasta que la botella de Orujo rodó sobre el mueble ruidosamente, yendo en seguida a estrellarse contra el suelo, donde se derramó su contenido.

–¡Vaya! –se lamentó su padre a través del teléfono–. Últimamente todo se me resbala. Iba a servirte tu Orujo favorito, pero, ¿te conformas con vino dulce, hija?

Lentamente, el brazo de Marta fue separando el auricular de su oído hasta caer laxo junto a su cuerpo.

Miró en derredor. El charco de Orujo crecía y se aproximaba. Un tenue movimiento en el sofá llamó su atención sobre el libro. Había cambiado levemente de posición, y, a su lado, la huella de manos visibles se plasmaba sobre el cojín que esponjaban.

Dio un paso hacia atrás, y otro, y otro más. Aunque lejos de su oído, las voces de sus padres continuaban llegando, claras y potentes, procedentes del aparato.

Conteniendo la respiración y esforzándose por no gritar y por dominar sus músculos agarrotados, Marta atravesó el umbral del salón y se encaminó hacia la puerta de la salida. Alcanzó ésta, y el picaporte cedió fácilmente bajo su presión, pero la puerta no se abrió. Parecía pegada a su marco. Lo intentó de nuevo, una y otra vez, cada vez con más fuerza, cada vez más nerviosa, hasta perder el dominio y explotar en un grito de auxilio.

Incapaz de conseguir escapar, rotos los nervios, se quedó quieta. Del teléfono continuaban llegando las voces, mezcladas, alarmadas, confusas.

Marta, rígida, apoyada fuertemente contra el ángulo junto a la puerta mientras escudriñaba el vacío, lucho por elevar el teléfono de nuevo hasta su oído.

–¿Qué pasa, Marta? ¡Dinos a dónde vas! –suplicaban las voces, angustiadas.

–Mamá –susurró ella, las palabras ahogándose en su garganta, las lágrimas fluyendo por sus mejillas–. Acabo de recibir un mensaje en el móvil. Mi novio ha sufrido un accidente. Debo ir cuanto antes a verle. Siento tener que irme, pero, lo comprendéis, ¿verdad?

 –¡Oh, hija! ¡Qué mala suerte! –la voz le llegó piadosa, comprensiva–. ¡Llámanos en cuanto llegues!

–Por supuesto, lo haré. Os llamaré siempre.

“¿Qué ha pasado?”, oyó preguntar a su padre, afligido. Marta cortó la comunicación mientras su madre se lo explicaba, y abandonó, despaciosamente, la vieja casa.

       

 La escasez de relaciones de los propietarios de la aislada finca hizo difícil la investigación iniciada a requerimiento de la hija de los desaparecidos. Finalmente, ésta supo que habían sido vistos casi tres meses atrás en el puerto, mientras se hacían a la mar con su velero, y que la pequeña embarcación nunca había regresado a su amarre. Restos hallados en una cala de Alcudia, se identificaron como pruebas del naufragio.

Unos días después, nuevamente en su piso compartido, Marta luchaba por sobreponerse a lo sucedido, dejando atrás amargos autoreproches que a nada conducían, y centrándose en la parte de la historia que no había sido capaz de compartir con nadie, pues ponía en entredicho su cordura, y de cuya realidad ahora ella misma dudaba.

Durante aquellos días se había planteado una y otra vez descolgar el teléfono y realizar esa llamada que le quitaba el sueño.

Si ya nadie, al otro lado, respondiese, se preguntaba su analítica mente, ¿qué conclusión podría extraer? ¿Que habían conseguido comunicarle su partida y despedirse, y ya no estaban aquí? ¿O significaría, acaso, que había inventado las conversaciones telefónicas de los últimos meses, llevada por algún mecanismo subconsciente empeñado en ocultar sus temores y la vergüenza de su desidia? Pero, quizá peor, ¿y si lo cogían y debía enfrentarse al hecho de que los espíritus de sus padres, en los que nunca había creído, vagaban en alguna otra dimensión sin que ella pudiese ayudarles?

Fingir que nada había ocurrido, como todos los demás hacen frente a lo paranormal, no era lo difícil; su mente ya dudaba y envolvía en brumas los recuerdos. Enfrentarse al desconcierto y aceptar lo inexplicable como parte de la realidad, sí lo sería. Pero estaba en su naturaleza la búsqueda del conocimiento, y finalmente reunió fuerzas y consiguió que su dedo tembloroso pulsara en su teléfono donde decía: “Mamá”. Luego, se llevó el aparato al oído, escuchando sin respiración mientras la señal sonaba.

El teléfono al que llamaba fue descolgado, y la voz de su madre lo respondió, como siempre, afable.

Marta, con una extraña mezcla de horror y alivio, apenas fue capaz de hablar.

–Mamá… Sólo quería asegurarme de que aún podríamos… Quiero decir…

–Cariño, ¿cómo está Carlos?

–Eh… Carlos ya está bien, mamá. El accidente no fue grave.Tan sólo se hizo unos rasguños. Pero, ¿cómo estáis vosotros?

–Seguimos bien, pero apenados porque tuvieras que irte.

–Sí. Yo también lo sentí mucho. Oye, mamá, creo que deberíamos hablar más a menudo. Os echo mucho de menos…

–Y nosotros a ti, cariño. Si no te llamamos es por no molestarte; sabemos lo ocupada que estás. Llámanos siempre que quieras. Nunca salimos.

–De acuerdo. Mientras pueda escuchar tu voz, estaré bien.

Marta colgó el teléfono tras despedirse y miró al vacío durante largo rato, sintiéndose asustada, impotente, conmovida y sola.

Ante ella se encontraba el enorme volumen de Anatomía Patológica General de tercer curso. Lo abrió y buscó refugio en el acogedor mundo de las certidumbres científicas.